martes, 19 de agosto de 2014

Enigma Policial. El Caso de las dos rubias.



Fuente del relato: 44 Super Crímenes para resolver (Daniel Samoilovich).


La espaciosa sala de la biblioteca estaba llena de gente: el personal del departamento de investigaciones buscaba huellas digitales, el forense tomaba notas, los camilleros retiraban el cadáver de John Fowles, un rico cirujano retirado que acababa de ser hallado muerto de tres balazos calibre 22 en el departamento donde vivía solo desde el fallecimiento de su esposa, hacía ya cuatro años.

El profesor Sisley acompañaba al comisario Bernard Cross, a cargo de la investigación. De pronto, sonó el timbre, y una joven de aspecto tímido y cabello rubio, vestida con sencilla elegancia y usando un pequeño sombrero negro, se presentó:

- Soy la señora Munro, la vecina del departamento de arriba -dijo- Vivo aquí hace dos años con mi pequeña hija Violeta, y ambas éramos muy amigas del doctor. Quisiera ponerme a su disposición para lo que ustedes puedan necesitar.

- Muy amable. Pensábamos visitarla, al igual que a los demás vecinos. ¿Escuchó algo raro anoche?.

- Ayer Violeta estuvo con su papá -estamos divorciados- y yo salí con unas amigas, fuimos a Long Island. A eso de las ocho, volviendo del paseo, pasé a buscar a Violeta y vinimos directamente para acá; habremos llegado a las ocho y media, y no escuché nada raro esa noche.

- Probablemente el doctor Fowles haya sido asesinado más temprano. El forense lo determinará con seguridad después de la autopsia.

La joven, parada en el pequeño vestíbulo de la entrada, parecía perturbada.

- ¿Quería decirnos algo más, señora Munro? -preguntó suavemente el profersor Sisley.

- Yo ... Yo no quisiera ... no quisiera incriminar a nadie, pero siento que es mi obligación ...

- ¿Qué? -preguntó el comisario Cross.

Tomando impulso la señora Munro dijo:

- Es mi obligación contarles una escena de la que fui testigo hace un par de meses. Yo estaba tomando el te con el doctor Fowles cuando entró de modo bastante grosero y agresivo una sobrina suya; apenas él llegó a presentarnos, y ya estaba ella reclamándole no sé que suma que él supuestamente le debía a su finado padre, hermano del doctor Fowles. La mujer estaba fuera de sí, y empezó a hacer una larga serie de imputaciones al doctor sin importarle la presencia de una extraña como yo, más bien como si se sintiera alentada por tener un público para su desorbitado espectáculo.

- ¿De qué acusaba al doctor Fowles? -preguntó el comisario.

- Bueno, eran muchas cosas, pero todas tenían que ver con una supuesta maniobra que el doctor habría hecho contra su hermano para quedarse con la herencia del padre de ambos.

- Gracias señora Munro, más tarde volveremos a hablar.

Un par de horas más tarde, tras haber hablado con los vecinos sin recoger nuevos datos -aparentemente los disparos habían sido hechos alrededor de las seis de la tarde, y según el experto en balística, con silenciador- Sisley y Cross entrevistaron a la sobrina del doctor Fowles, Chris Barlow, una viuda de unos cuarenta y cinco años con pelo rubio oxigenado. La mujer no se mostró consternada, pero sí triste ante la noticia de la muerte de su tío:

- Lo siento, realmente. No tenía mucho trato con él, pues su conducta respecto a mi padre había sido incorrecta, pero igualmente lo siento. Pasaron ya años, y en mi fuero íntimo lo había perdonado.

- Sin embargo -disparó el comisario Cross- una venina del doctor Fowles, la señora Munro, dice que presenció hace un par de meses una amarga discusión entre usted y su tío.

- ¿Una vecina? ¿Qué vecina? ¿Dónde? Creo que la última vez que vi a mi tío fue en el funeral de mi tía, hace unos cuatro o cinco años.

- ¿Niega haber estado en la casa de su tío en los últimos meses?

- Absolutamente.

- Señora Barlow, esto es serio. Usted no está obligada a hablar si no quiere, pero lo que diga puede ...

- Por favor, no me recite fórmulas legales. Sé que lo que diga puede ser usado contra mí, pero no tengo nada que ocultar. No quería a mi tío, ni quería saber nada de él ni hablar con él y no lo he visto en varios años. ¿Acaso esa mujer está en condiciones de describir mi aspecto? Tal vez el tío le haya contado alguna maldad sobre mí, pero está claro que no me conoce si piensa que pude haber cometido un asesinato. ¿Tiene testigos de lo que dice?

- Ella misma es un testigo, señora Barlow. Y no tiene ningún interés especial en este asunto, mientras que usted, me permito recordárselo sin querer ofenderla en modo alguno, heredará a su tío, por lo cual obtiene un beneficio de su muerte, y no le tenía precisamente afecto, que es lo que la reciente discusión viene a remarcar, sin ser por eso un elemento para acusarla de nada.

- ¡Acusarme de nada! ¡Obviamente no pueden acusarme de nada! Ayer estuve todo el día en el club con cientos de personas en condiciones de atestiguar que no me moví de allí. ¡Cientos de personas, ¿me entienden?, contra los chismes de una estúpida vecinita de mi tío, una joven ramera que seguramente quería casarse con él para quedarse con su dinero! ¡Por favor, señores! 

Interrumpiendo la explosión de ira de la señora Brlow, el comisario Cross llevó aparte un momento al profesor Sissley.

- La cosa está clara, ¿verdad? -preguntó Cross.

- Clara como los rubios cabellos de una dama -respondió el profesor Sisley.

¿De cuál de las dos rubias sospechaban ambos? ¿Porqué?

Pueden hallar la solución a este enigma en:



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4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Muy bien !!! ya habrá más enigmas policiales, algunos son más intrincados ...

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  2. con tiempo, voy a entrar en la etiqueta Enigma policial y voy a probar con otros :)

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