miércoles, 15 de octubre de 2014

El hombre del labio torcido. Sherlock Holmes. Arthur Conan Doyle.



Jeremy Brett y Benedict Cumberbatch, dos excelentes actores que han estado bajo la piel del extraordinario detective.




Hoy comparto otro de los clásicos cuentos de Las Aventuras de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, en este caso un clásico entre los clásicos de las historias del genial detective, El hombre del labio torcido, si hay un cuento que permite "caminar a la par de nuestro sagaz sabueso" es este, si hay un relato que nos permite apostar a resolver el misterio junto a Sherlock es este ... invito pues a todo aquel/aquella que quiera sumergirse en este particular misterio a prestar mucha atención y a poner en actividad las dotes deductivas, así como también la imaginación para ir creando posibles escenarios que expliquen lo inexplicable ...



El hombre con el labio retorcido



Isa Whitney, hermano del que fue Elías Whitney, D. D., rector del Theological College de St. George, era muy dado al opio. Creo que este hábito fue dominándolo como consecuencia de algún capricho tonto en la época en que estuvo en el colegio, por haber leído la descripción que hace De Quincey de sus ensoñaciones y sensaciones; empapó tabaco en láudano, intentando conseguir los mismos resultados. Le ocurrió lo que a tantos otros, que se encontraron con que es más fácil llegar a adquirir el hábito que desembarazarse del mismo, y vivió durante muchos años convertido en un esclavo de aquella droga, y en un objeto que inspiraba una mezcla de espanto y de piedad a sus amigos y parientes. Todavía estoy viéndolo, con su cara amarillenta y granulosa, los párpados colgantes y las pupilas en punta de alfiler, todo encogido en un sillón, y convertido en el despojo y la ruina de un hombre magnífico.

Cierta noche, durante el mes de junio del 89, resonó la campanilla de mi casa, más o menos a la hora en que se suele dar el primer bostezo y se mira el reloj. Me erguí en mi asiento, y mi esposa colocó en su regazo la labor de agujas en que trabajaba e hizo una ligera mueca de desencanto.

–¡Un enfermo! –exclamó–. Vas a tener que salir a la calle.

Yo refunfuñé, porque hacía poco que regresara a casa después de un día fatigoso.
Oímos abrir la puerta, algunas frases presurosas, y acto continuo pasos rápidos sobre el linóleo. Abrióse de par en par la puerta de la habitación en que estábamos, y una dama, con vestido de color oscuro y velo negro, entró en la habitación.

–Ustedes disculparán que venga tan tarde –empezó a decir, pero de pronto perdió el dominio de sí misma, se abalanzó hacia mi esposa, le echó los brazos al cuello y sollozó sobre su hombro, exclamando–: ¡Me encuentro en una dificultad tan grande! ¡Si vieras cómo me hace falta una pequeña ayuda!

–¡Pero si es Kate Whitney! –dijo mi esposa, alzándole el velo–. ¡Qué sobresalto me diste, Kate! Cuando entraste, ni siquiera me imaginé que eras tú.

–Yo no sabía qué hacer, y por eso vine derecha a donde vosotros.

Era lo de siempre. Cuando la gente se hallaba en alguna aflicción, acudía a mi esposa como los pájaros a la luz de un faro.

–Has sido muy amable viniendo. Por de pronto, es preciso que bebas un sorbo de vino y agua, que te sientes aquí con toda comodidad y que nos lo cuentes todo del principio al fin. ¿O prefieres que envíe a James a acostarse?

–¡Oh, no, no! Necesito también el consejo y la ayuda del médico. Se trata de Isa. Falta ya dos días de casa y estoy asustadísima por él.

No era aquélla la vez primera que nos había hablado del mal estado de su marido, a mí como doctor, a mi esposa como vieja amiga y compañera de escuela. Nosotros la consolábamos y reconfortábamos como mejor podíamos. ¿Sabía ella dónde se encontraba su marido? ¿Podíamos nosotros devolvérselo a ella?

Por lo visto era posible. Ella sabía de la mejor fuente que últimamente, en uno de sus accesos, había estado en un fumadero de opio del extremo oriental de la City. Hasta ahora sus orgías no habían excedido nunca de un día, y había vuelto a casa, tembloroso y quebrantado, en las primeras horas de la noche. Pero en esta ocasión el maleficio le duraba ya cuarenta y ocho horas, y estaría allí, seguramente, entre la escoria de los muelles, aspirando el veneno o eliminando por el sueño los efectos del mismo. Su mujer estaba segura de que se le encontraría en la Barra de Oro, en la travesía de Upper Swandam. Pero ¿qué iba a hacer ella? ¿Cómo iba ella, mujer joven y tímida, a meterse en semejante sitio y arrancar a su esposo de entre los maleantes que le rodeaban?

Tal era el caso y, como es natural, sólo había una salida del mismo. ¿Podría yo servirle de escolta hasta aquel lugar? Y después, pensándolo bien, ¿por qué había de venir ella? Yo era el médico consejero de Isa Whitney y, como tal, ejercía influencia en él. Podría manejarme aún mejor estando solo. Le prometí, bajo mi palabra, que antes de dos horas se lo enviaría a casa dentro de un coche de alquiler si, en efecto, se encontraba en la dirección que ella me había dado. Y así fue cómo, diez minutos después, habiendo dejado atrás mi sillón y mi acogedor cuarto de estar, corría hacia el Este, en un coche hansom, para realizar una extraña misión; extraña me parecía entonces, pero sólo el futuro habría de demostrarme hasta qué punto lo era.

Sin embargo, no se presentaron grandes dificultades en la primera etapa de mi aventura. El camino de Upper Swandam viene a ser una sucia travesía agazapada detrás de los altos muelles que se alinean en el lado norte del río, al oriente del puente de Londres. El antro que yo iba buscando se hallaba entre una tienda de ropa usada y un despacho de ginebra, llegándose al mismo por un tramo de escaleras muy empinadas, por las que se Bajaba a una negra abertura que parecía la boca de una caverna. Di orden a mi coche de que esperase; descendí por la escalera, que tenía los peldaños hundidos en el centro por el subir y bajar incesante de los pies de los borrachos; gracias a la luz de una vacilante lámpara de aceite colocada encima de la puerta, pude descubrir el pestillo y entré a una habitación larga y baja, de atmósfera espesa y cargada del humo pardo del opio; había en ella una sucesión de literas de madera, por el estilo del castillo de proa de un barco de emigrantes.

Descubrí confusamente por entre aquella oscuridad una visión de cuerpos tumbados en posturas extrañas y fantásticas, hombres encorvados, rodillas dobladas, cabezas echadas hacia atrás y barbillas apuntando hacia lo alto y, aquí y allá, unas pupilas negras, turbias, vueltas hacia el recién llegado. De entre las negras sombras surgían pequeños círculos rojos de luz, que unas veces brillaban y otras se apagaban, según que el veneno subía o se desvanecía en las cazoletas de las pipas metálicas. La mayor parte yacían silenciosos, pero algunos mascullaban palabras entre dientes, y otros hablaban juntos con una voz extraña, apagada y monótona; su conversación brotaba como a borbotones, y luego se iba desvaneciendo súbitamente en el silencio, mientras cada cual murmujeaba sus propios pensamientos, despreocupándose de las palabras del que estaba a su lado. Al fondo del cuarto había un brasero pequeño con carbones vegetales hechos brasa, y junto al mismo, en un taburete de madera de tres patas, estaba sentado un anciano alto y enjuto, la mandíbula apoyada en los dos puños, y los codos encima de las rodillas, con la vista fija en el fuego.

Al verme entrar, un malayo paliducho se apresuró a venir hacia mí con una pipa y una cantidad de la droga, indicándome que ocupase una litera vacía.

–Gracias, pero no vengo a quedarme –le dije–. Está aquí un amigo mío, el señor Isa Whitney, y deseo hablar con él.

Algo se movió a mi derecha, se produjo una exclamación y, procurando ver a través de la oscuridad, distinguí a Whitney, pálido, ojeroso y desgreñado, que me miraba fijamente.

–¡Válgame Dios! Es Watson –dijo.

Se hallaba en un lamentable estado de reacción, y un temblequeo sacudía todos sus nervios.

–Oiga, Watson, ¿qué hora es?

–Cerca de las once.

–¿De qué día?

–Del viernes, diecinueve de junio.

–¡Por vida de...! Creí que era miércoles. Sí, es miércoles. ¿Qué se propone usted asustando a las personas? –hundió el rostro entre los brazos y comenzó a sollozar en tono muy agudo.

–Le digo que es viernes, hombre. Su esposa le está esperando desde hace dos días. Vergüenza debería darle a usted.

–Sí, estoy avergonzado. Pero usted, Watson, ha debido de confundirse, porque sólo llevo algunas horas en este sitio, y he fumado tres pipas, cuatro..., ya no sé cuántas fueron. Pero iré con usted a casa. No querría asustar a Kate... A la pobrecita Kate. Deme usted la mano. ¿Tiene ahí un coche?

–Sí, tengo uno esperando.

–Entonces iré en él. Pero debo seguramente algo. Pregunte, Watson, qué es lo que debo. Me encuentro desmadejado. Soy incapaz de hacer nada por mí mismo.

Avancé por el estrecho pasillo que había entre la doble hilera de durmientes, conteniendo mi aliento para no aspirar el humo infecto y estupefaciente de la droga, y mirando para ver dónde estaba el gerente. Cuando me crucé con el hombre alto de junto al brasero, sentí que me daban de pronto un tirón en el vuelo de la chaqueta, y alguien me susurró en voz baja; «Siga adelante, y luego vuélvase a mirarme.» Estas palabras sonaron con toda claridad en mi oído. Volví la vista hacia abajo. Sólo podían proceder del anciano que se hallaba a mi lado, pero éste se encontraba tan ensimismado como siempre, muy enjuto, muy arrugado, encorvado por los años, con una pipa de opio colgando de entre sus rodillas, como si sus dedos la hubiesen soltado de pura languidez. Di dos pasos hacia adelante, y me volví a mirar. Necesité todo el dominio de mí mismo para no gritar de asombro. El viejo se había vuelto de espaldas de modo que nadie sino yo pudiese verle la cara. Sus facciones se habían redondeado, sus arrugas habían desaparecido, los ojos turbios habían recuperado su fuego, y quien estaba en aquel lugar, sentado junto al fuego, y sonriéndose de mi sorpresa, era ni más ni menos que Sherlock Holmes. Me indicó con un ligerísimo movimiento que me acercase a él, e instantáneamente, al volver su cara un poco hacia la concurrencia, readquirió su senilidad decrépita y el labio inferior colgante.

–¡Holmes! –cuchicheé–. ¿Qué diablos hace usted en este antro?

–Hable todo lo bajo que le sea posible –me contestó–. Mi oído es excelente. Si usted tiene la gran amabilidad de desembarazarse de ese estúpido amigo suyo, me alegraría mucho de charlar un poco con usted.

–Tengo ahí fuera un coche.

–Entonces envíe en él a su amigo a casa. Puede usted hacerlo tranquilamente, pues, por lo visto está ya demasiado lacio para meterse en jaleos. Yo le recomendaría que enviase por el cochero una carta a su propia esposa comunicándole que va usted a correr mi suerte. Si me espera en la calle, me reuniré con usted dentro de cinco minutos.

Era difícil resistirse a ninguna de las peticiones de Sherlock Holmes, porque las hacía siempre de un modo extraordinariamente concreto, y las exponía en un tono de gran señorío. De todos modos, yo tuve conciencia de que la misión que allí me había traído quedaba en realidad cumplida una vez que metí a Whitney en el coche. Por lo demás, yo no deseaba otra cosa mejor que asociarme con mi amigo en una de aquellas extraordinarias aventuras que constituían la condición normal de su existencia. Me bastaron pocos minutos para escribir mi carta, pagar la factura de Whitney, conducirlo hasta el coche y ver cómo éste se lo nevaba a través de la noche. Muy poco después surgía del antro del opio una figura decrépita, y acto continuo me vi caminando calle adelante con Sherlock Holmes. Éste avanzó por dos calles arrastrando los pies, con la espalda encorvada y tambaleándose. De pronto, volviéndose a mirar rápidamente a su alrededor, se irguió y rompió en una cordial carcajada.

–Me imagino, Watson –me dijo–, que está pensando que yo he agregado el fumar opio a las inyecciones de cocaína y a todas las demás pequeñas debilidades acerca de las cuales usted me ha favorecido con sus opiniones de médico.

–Desde luego, me sorprendió el encontrármelo aquí.

–No más de lo que yo me sorprendí al verlo a usted.

–Vine buscando a un amigo.

–Y yo a un enemigo.

–¿A un enemigo?

–Sí, a uno de mis enemigos naturales o, si se me permite decirlo, a uno de los que son mi presa natural. En dos palabras, Watson, me encuentro metido en una investigación extraordinaria, y confiaba descubrir una pista entre las divagaciones incoherentes de estos idiotas, como ya lo tengo hecho antes de ahora. Si me hubiesen identificado en este antro, mi vida no habría tenido ni siquiera el precio de una hora, porque me he servido ya del mismo para mis finalidades, y el bandido de lascar que lo explota ha jurado vengarse de mí. En la parte de atrás del edificio, cerca de la esquina de Paul’s Wharf, existe una puerta o escotillón, que podría contar algunas historias extrañas de lo que por él ha pasado en noches sin luna.

–¡Cómo! ¿Quiere usted decir que han pasado cadáveres?

–Sí, Watson, cadáveres. Nosotros seríamos ricos si tuviéramos un millar de libras por cada pobre diablo que ha encontrado la muerte en ese antro. En toda la orilla del río no existe trampa de asesinos más perversa, y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ese lugar para no volver a salir del mismo. ¡Pero nuestro coche debiera encontrarse aquí!
Se metió entre los dientes sus dos dedos índice y lanzó un agudo silbido; esa señal fue contestada por otro silbido semejante desde lejos, y al silbido siguió poco después un traqueteo de ruedas y el pataleo de los cascos de un caballo.

–Y ahora, Watson, usted vendrá conmigo, ¿no es así? –dijo Holmes, en el momento en que surgía de la oscuridad, lanzando por sus linternas laterales dos túneles dorados de luz amarilla, un coche alto del tipo llamado dog-cart .

–Si es que puedo serle de utilidad.

–Un camarada fiel es siempre de utilidad. Y un cronista lo es todavía más. Mi habitación de Los Cedros está provista de dos camas.

–¿Los Cedros?

–Sí; así se llama la casa del señor St. Clair. Me alojo allí mientras llevo adelante la investigación.

–¿Dónde, pues, está esa casa?

–En Kent, cerca de Lee. Tenemos por delante una carrera de siete millas.

–Pero yo estoy completamente a oscuras.

–Naturalmente. En seguida va usted a saberlo todo. Suba aquí. Perfectamente, John, ya no lo necesitaremos. Aquí tiene media corona. Venga a buscarme mañana a eso de las once. Suelte al caballo. Hasta la vista.

Dio un golpecito al animal con el látigo, y nos lanzamos por una serie interminable de calles oscuras y desiertas, que se fueron haciendo gradualmente de mayor anchura, hasta que nos vimos cruzando a todo correr por un ancho puente con balaustrada, y un río sucio deslizándose perezosamente por debajo de nosotros. Más allá encontramos otra ancha extensión de ladrillos y mortero, cuyo silencio rompía únicamente el caminar firme y acompasado del guardia de Policía, o los cantos y gritos de algún grupo rezagado de juerguistas. Unos melancólicos celajes resbalaban lentos por el firmamento, y una o dos estrellas titilaban confusamente aquí y allá por entre las rendijas de las nubes. Holmes guiaba el coche en silencio, con la cabeza hundida sobre el pecho y el aire de un hombre perdido en sus pensamientos, mientras que yo, sentado junto a él, tenía curiosidad por saber cuál era esta nueva investigación que tan dolorosamente parecía poner en tensión sus facultades; pero también tenía miedo de interrumpir la corriente de sus meditaciones. Llevábamos recorridas varias millas, y empezábamos a entrar en la orla del cinturón de villas suburbanas, cuando, de pronto, Sherlock Holmes salió de su ensimismamiento, se encogió de hombros y encendió la pipa con el aire de un hombre convencido de que lo está haciendo de la mejor manera posible.

–Watson, tiene usted el magnífico don de saber callar –me dijo–. Eso le hace inapreciable como compañero. Le aseguro que es una gran cosa para mí el tener alguien con quien hablar, porque mis propios pensamientos no son demasiado agradables. Yo me estaba preguntando qué voy a poder decir a esta amable mujercita cuando salga esta noche a recibirme a la puerta.

–Usted se olvida de que yo no sé nada del asunto.

–Tendré el tiempo justo para relatarle los hechos antes que lleguemos a Lee. Parece el caso de una sencillez absurda y, sin embargo, yo no sé qué me ocurre que no consigo afianzarme en nada para avanzar. La madeja es abundante, sin duda, pero no logro agarrar un extremo del hilo. Veamos, voy a exponerle el caso con claridad y concisión, Watson, y quizás usted perciba una chispa donde todo resulta oscuro para mí.

–Adelante, entonces.

–Hace algunos años, concretamente, en mayo de mil ochocientos ochenta y cuatro, vino a Lee un caballero llamado Neville St. Clair, que parecía tener abundante dinero. Tomó una espaciosa villa, arregló los terrenos de la misma con muy buen gusto, y llevó, en términos generales, una vida de muy buen tono. Gradualmente trabó amistades en la población, y el año mil ochocientos ochenta y siete contrajo matrimonio con la hija de un cervecero de la localidad, teniendo hoy dos hijos de ella. No tenía ocupación fija, pero sí intereses en varias compañías; marchaba a Londres, como norma, por la mañana, y regresaba todas las noches por el tren que sale de Cannon Street a las cinco y catorce minutos. El señor St. Clair tiene ahora treinta y siete años, es hombre de costumbres morigeradas, un buen esposo, un padre muy cariñoso y un hombre que goza de las simpatías de cuantos lo tratan. Agregaré que, en el momento actual, la suma de sus deudas, hasta donde hemos podido comprobar, asciende a ochenta y ocho libras con diez chelines, en tanto que tiene en el Capital and Counties Bank un crédito a su favor de doscientas veinte libras. No existe, pues, motivo para pensar que hayan sido preocupaciones de dinero las que han agobiado su alma. El señor Neville St. Clair marchó el pasado lunes a la capital más temprano que de costumbre, diciendo antes de partir que tenía que realizar dos comisiones importantes y que, a la vuelta, le traería a su niño pequeño una caja de ladrillos de juguete. Ahora bien: quiso la más rara de las casualidades que su esposa recibiese el mismo día lunes un telegrama, muy poco después de haberse ausentado su marido; anunciábanle la llegada de un pequeño paquete de mucho valor, que ella esperaba, y que le sería entregado en las oficinas de la Aberdeen Shipping Company. Ahora bien: si usted tiene a Londres en la palma de su mano, sabrá que las oficinas de la compañía se hallan en la Fresno Street, con filiales en Upper Swandam Lane, lugar en el que usted me encontró esta noche. La señora St. Clair almorzó, se puso en camino para la City, hizo algunas compras, se dirigió a las oficinas de la compañía, retiró su paquete, y a las cuatro y treinta y cinco minutos en punto caminaba por Swandam Lane, de regreso hacia la estación. ¿Me sigue usted en lo que le digo?

–Está muy claro.

–Si usted lo recuerda, el lunes fue día extraordinariamente caluroso. La señora St. Clair caminaba despacio, mirando por todas partes, con la esperanza de descubrir un coche de alquiler, porque no le agradaban aquellos parajes en que se encontraba. Mientras marchaba de esa manera por Swandam Lane adelante, oyó de pronto una exclamación o grito, y se quedó helada de espanto al ver a su marido, que la miraba y, según le pareció a ella, le indicaba con sus ademanes, desde una ventana de un segundo piso, que fuese hasta donde él estaba. Hallábase la ventana abierta, y la mujer vio con claridad la cara de su marido que, tal como ella la describe, mostraba señales de una excitación terrible. Agitó sus manos frenéticamente como en un adiós, y de pronto desapareció de la ventana con tal rapidez que a la mujer le pareció que alguien había tirado de él con fuerza irresistible desde la parte de atrás. Un detalle extraordinario que sorprendió su rápida visión femenina fue que, no obstante vestir una especie de chaqueta oscura, parecida a la que llevaba puesta al salir para Londres, no tenía ni cuello ni corbata. Convencida la esposa de que algo malo le ocurría al marido, bajó corriendo por las escaleras, porque la casa en cuestión no era otra que el fumadero de opio en el que usted me encontró esta noche; atravesó corriendo la habitación delantera e intentó subir por las escaleras que conducen al piso primero. Pero al pie de las escaleras se tropezó con este lascar granuja de quien antes le hablé, y él la echó atrás; después, ayudado por un danés que actúa aquí de ayudante, la sacó a empujones a la calle. La mujer, llena de los más enloquecedores recelos y temores, echó a correr por la travesía adelante y, por una rara y afortunada casualidad, dio en Fresno Street con un grupo de guardias que con un inspector al frente marchaban camino de sus lugares de servicio. El inspector y dos de los hombres la acompañaron hasta la casa de donde venía y, sin hacer caso de la continua resistencia del propietario, se dirigieron hasta la habitación en que el señor St. Clair había sido visto por última vez. Pero allí no había rastro alguno del mismo. A decir verdad, no encontraron en todo el piso sino un desdichado inválido de aspecto repugnante que, según parece, se recoge allí. Tanto él como nuestro fornido lascar, juraron que nadie había entrado en la habitación delantera en toda la tarde. Tan terminante fue su negativa, que el inspector vaciló, y había llegado casi a convencerse de que la señora St. Clair había visto visiones cuando ésta se abalanzó, dejando escapar un grito, hacia una cajita de madera que había encima de la mesa, destapándola violentamente. Cayó de la caja al suelo una cascada de ladrillos de juguete, que el marido había prometido traer a casa. Este descubrimiento y la confusión que demostró el inválido hizo comprender al inspector que el asunto era de índole grave. Se registraron cuidadosamente las habitaciones y todos los resultados parecieron apuntar hacia la comisión de un crimen abominable. La habitación delantera se hallaba sencillamente amueblada como cuarto de estar, y comunicaba con un pequeño dormitorio que daba a la parte trasera de uno de los muelles. Hay entre el muelle y la ventana del dormitorio una estrecha faja de terreno, que está seco durante la marea baja, pero que en la marea alta queda cubierto por cuatro pies y medio de agua, por lo menos. La ventana del dormitorio era amplia y se abría de abajo arriba. Al examinarla, se descubrieron rastros de sangre en el antepecho de la misma, y en el suelo de madera del dormitorio se veían aquí y allá varias gotas. En la habitación delantera, y tiradas detrás de una cortina, estaban las ropas del señor Neville St. Clair, a excepción de su chaqueta. Sus botas, sus calcetines, su sombrero y su reloj..., todo estaba allí. En ninguna de las prendas de vestir se observaban signos de violencia; no había más rastros que ésos del señor Neville St. Clair. Tenía que haber pasado por la ventana, porque no se encontró ninguna otra salida, y las ominosas manchas de sangre del antepecho daban muy pocas esperanzas de que hubiese conseguido salvarse a nado, porque en el momento de la tragedia el río se hallaba en su pleamar. Hablemos ahora de los maleantes que parecen implicados en el asunto. Se sabe que el lascar es hombre de pésimos antecedentes, pero es difícil que haya podido desempeñar sino un papel secundario en el crimen, porque del relato de la señora St. Clair se deduce que a los pocos segundos de la aparición en la ventana del marido de ésta, se hallaba el lascar al pie de la escalera. Se defendió alegando absoluta ignorancia, y afirmó que él no sabía nada de las andanzas de Hugh Boone, el inquilino suyo, no encontrándose en modo alguno en situación de explicar la presencia de las ropas del caballero desaparecido. Eso es todo lo que se refiere al lascar, que está al frente de la casa. Pasemos al siniestro inválido que vive en la segunda planta del fumadero de opio, y que fue seguramente la última persona cuyos ojos vieron al señor Neville St. Clair. Su nombre es Hugh Boone, y a todas las personas que frecuentan la City les es familiar su cara repugnante. Se trata de un mendigo profesional que, con objeto de burlar los reglamentos policíacos, simula ejercer un pequeño comercio vendiendo cerillas de las llamadas vestas. Usted habrá podido observar que, caminando un pequeño trecho por la calle de Threadneedle, en la acera izquierda, forma la pared un ángulo pequeño. Allí es donde el individuo en cuestión se sienta todos los días en el suelo, con las piernas cruzadas y con su pequeño surtido de cerillas en el regazo. Como el cuadro que ofrece es lastimoso, una lluvia menuda de caridad desciende sobre la grasienta gorra de cuero que él tiene delante de sí en la acera. Más de una vez, cuando ni en sueños pensaba en relacionarme con él personalmente, he estado yo observando a este individuo, sorprendiéndome de la cosecha que recogía en un breve espacio de tiempo. Su aspecto exterior es tan extraordinario que nadie es capaz de pasar por delante sin fijarse en él. Una melena de cabello color naranja, un rostro pálido y desfigurado por una horrible cicatriz, la que, al contraer la piel, ha retorcido hacia arriba el borde externo del labio superior, una barbilla de bull-dog y dos ojos negros de mirada muy penetrante, que ofrecen un extraordinario contraste con el color de su pelo, todo ello lo destaca de entre la muchedumbre corriente de mendigos, y a ello contribuye también su ingenio, porque tiene siempre a mano una respuesta para cualquier pulla que le lancen los transeúntes. Tal es el hombre que ahora nos enteramos que vive en la casa del fumadero, y que ha sido la última persona que ha visto al caballero a quien buscamos.

–¡Pero un lisiado! –dije yo–. ¿Qué podía él solo contra un hombre que se halla en la flor de la edad?

–Es inválido en el sentido de que renquea; pero en los demás aspectos, parece ser un hombre fuerte y bien alimentado. Su experiencia médica le habrá enseñado seguramente, Watson, que la debilidad de un miembro se compensa muchas veces con la fuerza excepcional de los otros.

–Siga su relato, por favor.

–La señora St. Clair se desmayó a la vista de la sangre de la ventana, y la Policía tuvo que acompañarla hasta su casa en un coche, porque su presencia no podía servirles de ayuda alguna en las investigaciones. El inspector Barton, que tuvo el caso a su cargo, realizó un examen muy detenido del local, sin descubrir nada que pudiera arrojar luz sobre el asunto. Se había cometido un error no deteniendo en el acto mismo a Boone, porque dispuso de algunos minutos durante los cuales pudo ponerse en comunicación con su amigo el lascar, pero pronto se puso remedio a esta omisión, y se le detuvo y registró, sin que se le encontrase nada que pudiera servir de prueba acusadora. Es cierto que en la manga derecha de su camisa había algunas manchas de sangre, pero él mostró su dedo anular, que tenía una cortadura cerca de la uña, y explicó que las manchas de sangre procedían de esa cortadura, agregando que poco antes se había acercado a la ventana, y que las manchas allí descubiertas tenían, sin duda, idéntico origen. Negó enérgicamente haber visto al señor Neville St. Clair, y juró que el hallazgo de las ropas en su habitación constituía para él un misterio tan grande como para la Policía. Por lo que respecta a la afirmación de la señora St. Clair de que había visto en la ventana a su esposo, declaró que o estaba loca o había soñado. Fue llevado, entre ruidosas protestas suyas, a la Comisaría, y el inspector permaneció en el local con la esperanza de que la bajamar pudiera traer alguna pista fresca. Y la trajo, pero no encontraron, ni mucho menos, en la franja fangosa lo que habían temido encontrar. Lo que quedó al descubierto cuando se retiró la marea no fue el señor St. Clair, sino la chaqueta del señor St. Clair. ¿Y qué cree usted que hallaron en los bolsillos?

–No puedo suponérmelo.

–No creo que lo adivine. Todos los bolsillos estaban atiborrados de peniques y medios peniques: cuatrocientos veintiún peniques y doscientos setenta medios peniques. No era de extrañarse que la marea no hubiese arrastrado la prenda al bajar. Pero el cadáver de una persona es distinto. Entre el muelle y la casa hay un violento remolino. Parecía bastante probable que la pesada chaqueta hubiese permanecido allí, mientras el cadáver era arrastrado río adentro por la corriente.

–Pero, según tengo entendido, las demás prendas de vestir fueron encontradas dentro de la habitación. ¿Podía el cuerpo no estar vestido con otra prenda que con la chaqueta?

–No, señor; pero es posible explicar los hechos en una forma bastante especiosa. Supongamos que este individuo Boone hubiese arrojado al señor Neville St. Clair por la ventana; nadie habría podido verle realizar ese acto. ¿Qué haría luego? Se le ocurriría en seguida el pensamiento de que le era preciso desembarazarse de las reveladoras prendas de vestir. Echaría entonces mano de la chaqueta, y ya estaría a punto de tirarla por la ventana cuando pensó que aquélla flotaría, sin hundirse. Dispone de poco tiempo; ha oído la riña en la planta baja cuando la mujer quería subir, y quizá su mismo cómplice, el lascar, le ha avisado que la Policía viene corriendo por la calle. No hay un momento que perder. Se precipita hacia algún escondite donde tiene acumulados los productos de su mendicidad, y atiborra los bolsillos con todas las monedas de que puede echar mano, para tener la seguridad de que la chaqueta se va al fondo. La tira, y habría repetido la operación con las demás prendas de ropa si no hubiese oído la riada de pasos en la planta baja. Cuando apareció la Policía, únicamente había él tenido tiempo de cerrar la ventana.

–Todo eso suena a cosa bien factible.

–Pues bien: la adoptaremos como hipótesis de trabajo a falta de otra mejor. Como ya le he dicho, Boone fue arrestado y conducido a la Comisaría, pero no se pudo descubrir ningún antecedente en contra suyo. Se sabía desde hacía muchos años que era un mendigo profesional pero, según parece, llevaba una vida muy tranquila e inocente. Así están las cosas a la hora actual, pero estamos tan lejos como en el primer instante de la solución de ciertas cuestiones, como la de qué hacía el señor Neville St. Clair en el fumadero de opio, qué le ocurrió estando allí, dónde se encuentra ahora, y qué intervención tuvo Hugh Boone en su desaparición. Confieso que no recuerdo en toda mi experiencia un caso que a primera vista pareciese tan sencillo y que presentase, no obstante, tantas dificultades.
Mientras que Sherlock Holmes contaba en detalle toda esta extraordinaria serie de acontecimientos, habíamos ido nosotros rodando a toda velocidad por los alrededores de la gran capital, hasta dejar atrás las últimas casas desperdigadas, y ahora avanzábamos con dos setos campestres a cada lado del camino. Pero cuando Holmes acabó su relato, cruzamos por dos aldeas de casas diseminadas, en las que todavía brillaban algunas luces en las ventanas.

–Estamos en las cercanías de Lee –me dijo mi compañero–. En nuestra breve excursión en coche hemos tocado en tres condados ingleses, partiendo de Middlesex, pasando por Surrey y terminando en Kent. ¿Ve usted la luz entre aquellos árboles? Ésa es la casa de Los Cedros, y junto a aquella lámpara está sentada una mujer cuyos ávidos oídos han percibido ya, sin la menor duda, el pataleo de nuestro caballo.

–¿Y por qué no conduce usted las investigaciones de este caso desde Baker Street? –le pregunté.

–Porque son muchas las cosas que es preciso poner en claro aquí. La señora St. Clair ha tenido la amabilidad de poner dos habitaciones a mi disposición, y usted puede tener la seguridad de que dará la bienvenida a mi amigo y colega. Me molesta muchísimo el verme cara a cara con ella, no teniendo noticias de su marido. Ya estamos. ¡Soo, caballo, soo!
Frenó delante de una espaciosa villa que se alzaba dentro de sus propios terrenos. Un mozo de cuadra salió corriendo y sujetó al caballo de la cabeza. Saltamos a tierra, y yo seguía a Holmes por el pequeño camino ondulante y cubierto de gravilla que conducía hasta la casa. Al acercarnos a ésta, la puerta se abrió de par en par y apareció en el recuadro una mujercita rubia, con un vestido de leve muselina de seda que tenía unas aplicaciones de esponjosa gasa de color de rosa en el cuello y en las muñecas. Su silueta se recortaba sobre el torrente de luz, y permaneció allí, con una mano apoyada en la puerta, y la otra medio levantada, en un impulso de ansiedad, el cuerpo ligeramente inclinado, la cabeza y el rostro alzados hacia adelante, con los ojos ansiosos y la boca entreabierta, convertida en un erguido signo de interrogación.

–¿Qué hay? –preguntó–. ¿Qué hay?

Y al ver que éramos dos, dejó escapar un grito de esperanza que se apagó hasta trocarse en gemido, cuando mi compañero movió negativamente la cabeza y se encogió de hombros.

–¿No hay noticias buenas?

–No hay ninguna noticia.

–¿Tampoco malas?

–Tampoco.

–Gracias sean dadas por ello a Dios. Pero entren. Debe de estar usted muy fatigado, porque su jornada de hoy ha sido larga.

–Este señor es mi amigo el doctor Watson. Ha sido para mí en varios casos un colaborador fundamental. Una coincidencia afortunada ha hecho posible traérmelo y asociarlo en esta investigación.

–Estoy encantada de conocerlo –me dijo ella, con un caluroso apretón de manos–. Confío en que sabrá usted disculpar cualquier deficiencia que note, si considera la desgracia que ha caído súbitamente sobre nosotros.

–Mi querida señora –le contesté–, yo soy un veterano, y aunque no lo fuera, me doy perfecta cuenta de que huelga toda disculpa. Me sentiré muy feliz si puedo ser de alguna ayuda, lo mismo a usted que a mi amigo aquí presente.

–Y ahora, señor Sherlock Holmes –dijo la señora cuando entrábamos en el bien iluminado comedor, sobre cuya mesa estaba servida una cena fría–, me siento muy tentada a hacerle una o dos preguntas francas, a las que yo le suplico a usted que me dé una respuesta franca.

–Lo haré, señora.

–No se preocupe usted de mis sentimientos. No soy histérica ni propensa a los desvanecimientos. Lo único que yo deseo oír es la opinión verdadera, la auténtica, que tiene usted.

–¿Sobre qué punto?

–Dígame, ¿cree usted, en la intimidad más íntima de su corazón, que Neville está vivo?
Sherlock Holmes pareció sentirse embarazado con aquella pregunta. Pero ella, en pie sobre la esterilla, clavando la vista en él, cuando Holmes se recostaba en el respaldo de una poltrona de mimbre, repitió:

–¡Con franqueza absoluta!

–Pues bien, señora, creo que no.

–¿Cree usted que está muerto?

–Lo creo.

–¿Asesinado?

–No lo aseguro. Quizá.

–¿Y en qué día murió?

–El lunes.

–Pues entonces, señor Holmes, quizá tenga usted la amabilidad de explicarme cómo es que hoy he recibido esta carta suya.

Sherlock Holmes se puso en pie de un salto, igual que si lo hubieran galvanizado.

–¿Qué dice? –bramó.

–Sí, hoy mismo.

–¿Puedo leerla?

–Desde luego.

Holmes, llevado de su ansiedad, se la quitó de un tirón, la alisó encima de la mesa, acercó la lámpara, y la examinó con gran atención. Yo me había levantado de mi silla, y miraba la carta por encima del hombro de Holmes. El sobre era muy ordinario y traía la estampilla fechadora de Gravesend correspondiente al mismo día, o mejor dicho, del día anterior, porque era ya mucho más tarde que la medianoche.

–¡Qué letra más torpe! –murmuró Holmes–. Con seguridad señora, que no es la de su marido.

–No, pero sí que es la de la carta que venía dentro.

–Observo también que, fuese quien fuese el que escribió el sobre, tuvo que ir a otro sitio a preguntar la dirección.

–¿De dónde saca usted eso?

–Fíjese en que el nombre está escrito en tinta completamente negra, que secó por sí misma. Lo demás tiene un color grisáceo, lo que demuestra que emplearon un papel secante. De haber escrito al mismo tiempo el nombre y dirección, sirviéndose luego de un papel secante, no sería una parte del sobrescrito de color completamente negro. Alguien escribió el nombre, y transcurrió algún tiempo antes que escribiese la dirección, y eso significa que no le era familiar. Es, desde luego, una insignificancia, pero no hay nada tan importante como las insignificancias. Veamos ahora la carta. ¡Ah! Aquí dentro venía incluido algo.

–Sí, un anillo. Su anillo de sello.

–¿Está usted segura de que es letra de su marido?

–Una de sus letras.
–¿Cuál?

–La que hacía cuando escribía de prisa. Es muy diferente de la suya corriente, pero yo la conozco bien.
  
Corazón, no te alarmes. Todo se arreglará. Se ha cometido un tremendo error que quizá tarde un poco en rectificarse. Espera con paciencia.
Neville.
  
–Está escrita con lápiz en la guarda de un libro, tamaño octavo, que no tiene filigrana. ¡Ejem! Echada hoy al correo por una persona que tenía sucio el dedo pulgar. ¡Ajá! Y la carterilla ha sido engomada, si no estoy muy equivocado, por alguien que había estado masticando tabaco. ¿De modo, señora, que no tiene usted duda alguna de que la letra es de su esposo?

–Absolutamente ninguna. Fue Neville quien escribió esas palabras.

–Y la carta fue echada al correo hoy mismo en Gravesend. Muy bien, señora St. Clair, las nubes se aclaran, aunque no me atrevería a afirmar que ha desaparecido el peligro.

–Pero él vive con seguridad, señor Holmes.

–A menos que se trate de una hábil falsificación para lanzarnos por una pista falsa. El anillo, después de todo, no prueba nada. Quizá se lo quitaron.

–No, no, le aseguro que es su propia escritura.

–Muy bien. También pudiera haber sido escrita el lunes y echada hoy al correo.

–Eso es posible.

–Y entre un hecho y otro han podido ocurrir muchas cosas.

–Señor Holmes, no debe usted quitarme ánimos. Yo estoy segura de que no le ocurre nada. Existe entre él y yo una simpatía tan viva, que en caso de que él sufriese una desgracia, yo lo sabría. El mismo día en que yo lo vi por última vez se hizo él un corte estando en el dormitorio; pues bien: yo estaba en el comedor y eché a correr escaleras arriba con la plena seguridad de que algo le había ocurrido. ¿Cree usted que siendo yo capaz de sentir una insignificancia como ésa, dejaría de reaccionar ante su muerte?

–He visto demasiadas cosas para ignorar que la impresión experimentada por una mujer puede tener un valor que supere a las conclusiones de un razonador analítico. Y en esta carta tiene usted, desde luego, una elocuente pieza de convicción que corrobora su punto de vista. Pero si su esposo vive y está en condiciones de escribir cartas, ¿cómo es que permanece alejado de usted?

–No me lo imagino. Es incomprensible.

–Y el lunes, antes de marcharse, ¿no le hizo a usted ninguna observación?

–No.

–¿Y a usted le sorprendió el verlo en Swandam Lane?

–Muchísimo.

–¿Estaba la ventana abierta?

–Sí.

–Según eso, él podía llamarla a usted.

–Podía.

–Y, además, según tengo entendido, dejó escapar una exclamación inarticulada, ¿no es así?

–En efecto. Agitó las manos.

–Pero bien pudiera haber sido una exclamación de sorpresa. El asombro, al verla a usted por allí, pudiera haberle obligado a levantar las manos.

–Es posible.

–Y a usted le pareció que alguien tiraba de él hacia dentro.

–¡Desapareció de una manera tan súbita!

–Quizá saltó hacia atrás... ¿No vio usted a nadie más en la habitación?

–No, pero aquel horrible individuo confesó que él estaba, y el lascar se encontraba al pie de las escaleras.

–En efecto. Y su marido, hasta donde usted pudo ver, ¿estaba vestido con su ropa corriente?

–Pero no llevaba ni cuello ni corbata. Distinguí con claridad su cuello desnudo.

–¿Le habló alguna vez a usted de esa travesía de Swandam?

–Nunca.

–¿Observó usted alguna vez en él indicios de que hubiera fumado opio?

–Nunca.

–Gracias, señora St. Clair. Esos eran los extremos sobre los cuales yo quería tener una absoluta seguridad. Haremos ahora una cenita y después nos retiraremos a dormir, porque quizá nos espere mañana un día muy ajetreado.

Nos habían preparado una habitación, amplia y cómoda, con dos camas. Yo me metí rápidamente entre las sábanas, porque estaba fatigado, después de aquella noche de aventura. Pero Sherlock Holmes era un hombre que, cuando tenía concentrado su cerebro en un problema sin resolver, era capaz de pasarse los días, y hasta una semana entera, sin descansar, dándole vueltas, disponiendo de distinta manera los hechos, mirándolo desde todos los puntos de vista, hasta que conseguía sondarlo o se convencía de que sus datos eran insuficientes. Pronto pude ver en esta ocasión que se preparaba para pasarse toda la noche sentado. Se quitó la chaqueta y el chaleco, se echó encima un amplio batín azul y, acto continuo, fue de un lado para otro por el cuarto, cogiendo almohadas de su cama y cojines del sofá y de los sillones. Se arregló con todo ello una especie de diván oriental y se encaramó encima, sentado, con las piernas cruzadas, poniendo delante una onza de tabaco fuerte y una caja de cerillas. Lo vi, iluminado por la lámpara, sentado, con la vieja pipa de eglantina en la boca, la mirada inexpresiva, fija en el ángulo del techo, mientras subían desde él hacia lo alto guirnaldas de humo azul, silencioso, inmóvil, recibiendo la luz sobre sus facciones aguileñas y fuertemente destacadas. Así estaba cuando yo me dejé dominar del sueño, y así estaba cuando me despertó una súbita exclamación, encontrándome con que la luz del sol brillaba dentro del cuarto. La pipa seguía en sus labios, el humo seguía ascendiendo en rizos y el cuarto se hallaba envuelto en una densa neblina de tabaco; lo único que había desaparecido por completo era el montón de tabaco fuerte de hebra que yo había visto la noche anterior.

–¿Despierto ya, Watson? –me preguntó.

–Sí.

–¿Dispuesto a una excursión en coche?

–Desde luego.

–Vístase entonces. Nadie se ha levantado aún; pero yo sé dónde duerme el mozo de cuadra, y pronto tendremos fuera el coche.

Se rió por lo bajo, después de hablar; le centelleaban los ojos, y no parecía el mismo hombre que el tétrico pensador de cuando yo me dormí.

Mientras me estaba vistiendo, miré a mi reloj. Nada de particular tenía que nadie se hubiese levantado. Eran las cuatro y veinticinco. Apenas había terminado de vestirme cuando llegó Holmes con la noticia de que el mozo de cuadra estaba enganchando el caballo.

–Quiero poner a prueba una pequeña hipótesis mía –dijo, calzándose las botas–. Opino, Watson, que tiene usted delante en este momento a uno de los más completos idiotas de Europa. Merezco que me lleven a puntapiés desde aquí hasta Charing Cross. Pero creo que tengo ya la clave del asunto.

–¿Y dónde está? –le pregunté, sonriendo.

–En el cuarto de baño –me contestó–. No bromeo –agregó, viendo mi mirada de incredulidad–. Acabo de estar allí, me la he traído y la tengo dentro de esta maleta Gladstone . Vámonos, muchacho, y veremos si ajusta o no en la cerradura.

Bajamos lo más rápidamente posible y salimos al sol luminoso matinal. En la carretera nos esperaba nuestro coche con el caballo y el mozo de cuadra, medio vestido aún, sujetándolo por el cabezal. Saltamos dentro y salimos disparados carretera adelante hacia Londres. Iban por ella algunos carros, llevando verduras a la capital; pero las hileras de chalets a uno y otro lado estaban mudas y muertas, igual que una ciudad de ensueño.

–Este caso de ahora ha resultado extraño desde algunos puntos de vista –dijo Holmes, tocando con el látigo al caballo para ponerlo al galope–. Confieso que estuve tan ciego como un topo; pero siempre es mejor llegar a saber tarde que nunca.

Ya en Londres, los primeros madrugadores empezaban a asomarse soñolientos a sus ventanas al avanzar nuestro coche por las calles de la orilla de Surrey. Cruzamos el río siguiendo la carretera del puente de Waterloo, y, lanzándonos por la calle Wellington adelante, torcimos de pronto a la derecha, entrando en Bow Street. Sherlock Holmes era muy conocido por el Cuerpo, y dos guardias que había en la puerta lo saludaron. Uno de ellos sujetó el caballo por el bocado, mientras el otro nos conducía al interior.

–¿Quién está de guardia? –preguntó Holmes.

–El inspector Bradstreet, señor.

–¡Hola, Bradstreet! ¿Cómo está? –un funcionario alto, fornido, se adelantó por el corredor enlosado; llevaba gorra de visera y zamarra con alamares–. Querría hablar con usted unas palabras, Bradstreet.

–Claro que sí, Holmes. Pase a este mi despacho.

Era un cuarto con apariencias de despacho. Sobre la mesa un gran libraco y un teléfono proyectándose de la pared. El inspector tomó asiento frente a su escritorio.

–¿En qué puedo servirle, Holmes?

–Vengo a tratar de ese mendigo de Boone..., de ése al que se le acusa de estar complicado en la desaparición del señor Neville St. Clair, de Lee.

–Sí. Lo trajeron, y ha sido prorrogada su detención mientras se hacen nuevas indagaciones.

–Eso tenía entendido. ¿Lo tienen ustedes aquí?

–Está en las celdas.

–¿Permanece tranquilo?

–No da ninguna molestia. Pero es un granuja cochino.

–¿Cochino?

–Sí; lo más que hemos conseguido es que se lave las manos, y tiene la cara tan negra como un calderero. Bien, en cuanto se adopte una decisión acerca de su caso, tendrá que tomarse uno de los baños reglamentarios en la cárcel. Si usted lo viese, creo que convendría conmigo en que lo necesita con urgencia.

–Me gustaría muchísimo verlo.

–¿Ah, sí? Eso es cosa fácil. Venga por aquí. Puede dejar aquí mismo su maleta.
–No, prefiero llevarla conmigo.

–Perfectamente. Sígame, por favor.

Nos condujo por un corredor, abrió una puerta enrejada, bajamos por una escalera de caracol y salimos a una galería enjalbegada con una hilera de puertas a cada lado.

–La tercera a la derecha es la suya –dijo el inspector–. Aquí lo tenemos.

Hizo girar suavemente hacia atrás un painel de la pared superior de la puerta y miró hacia el interior.

–Está dormido. Puede usted contemplarlo a su gusto.

Los dos aplicamos nuestros ojos a la rejilla. El preso dormía con la cara vuelta hacia nosotros, sumido en sueño profundo y respirando lenta y pesadamente. Era un hombre de estatura mediana, vestido burdamente, como corresponde a su profesión, con camisa de color que le salía fuera por el rasgón de su andrajosa chaqueta. Tal como el inspector había dicho, estaba por demás sucio, pero la capa de suciedad no lograba ocultar su repulsiva fealdad. Un ancho cardenal de una vieja cicatriz le cruzaba desde un ojo hasta la barbilla, y su tirantez retorcía hacia arriba un lado del labio superior, de manera que tres de sus dientes quedaban siempre a la vista, en una perpetua mueca. Unas greñas de pelo de un rojo vivo le caían por la frente hasta los ojos.

–Es una beldad, ¿no es cierto? –dijo el inspector.

–Está pidiendo un lavado, desde luego –comentó Holmes–. Se me ocurrió antes de venir que quizá se me antojase dárselo, y me tomé la libertad de traer conmigo los elementos necesarios.

Abrió su maletín Gladstone mientras hablaba, sacando del mismo, con gran asombro mío, una voluminosa esponja. El inspector dijo, riéndose:

–¡Qué hombre más divertido es usted!

–Y ahora, si usted tiene la grandísima bondad de abrir muy despacito la puerta, verá cómo conseguimos que ofrezca inmediatamente un aspecto mucho más decente.

–La verdad es que..., ¿por qué no? No hace ningún honor a las celdas de Bow Street, ¿no le parece? –dijo el inspector.

Metió la llave en la cerradura y entramos todos con mucho tiento en la celda. El durmiente se dio media vuelta para volver a caer en un sueño profundo. Holmes se inclinó hacia el jarro del agua, humedeció su esponja y luego frotó vigorosamente con ella dos veces en todos los sentidos la cara del preso.

–Permítanme, señores –gritó–, que les presente al señor Neville St. Clair, de Lee, en el condado de Kent.

En mi vida he presenciado espectáculo semejante. La cara de aquel hombre se peló, bajo la acción de la esponja, igual que se descorteza un árbol. ¡Desapareció el tosco matiz pardo! ¡Desapareció también la horrible cicatriz que lo cruzaba y el labio retorcido que ponía aquella mueca repulsiva en su cara! Las greñas rojas fueron arrancadas de un tirón, y vimos delante de nosotros, sentado en su camastro, un hombre pálido, triste, de aspecto refinado, cabellos negros y cutis fino, frotándose los ojos y mirando a su alrededor con asombro soñoliento. Pero de pronto, dándose cuenta de que había sido expuesto a la vergüenza, lanzó un alarido y se tiró boca abajo, hundiendo la cara en la almohada.

–¡Santo Dios! –exclamó el inspector–. ¡Es, sin duda alguna, el hombre desaparecido! Lo reconozco por la fotografía.

El preso se volvió hacia nosotros con la expresión indiferente de una persona que se abandona a su destino, y dijo:

–Sea como dice. Por favor, ¿de qué se me acusa?

–De haber hecho desaparecer al señor Neville St... Pero ¿qué digo? No se le puede cargar con esa acusación, a menos que dictaminen que se trata de una tentativa de suicidio –dijo el inspector, sonriéndose–. Pues bien: llevo veintisiete años en el cuerpo, pero esto se lleva la palma.

–Yo soy el señor Neville St. Clair, de modo que es evidente que no se ha cometido crimen alguno y que, por tanto, mi detención es ilegal.

–Crimen no, pero un gran error sí que se ha cometido –le dijo Holmes–. Habría usted obrado bien confiándose a su esposa.

–No se trataba de mi esposa, sino de mis hijos –gimió el preso–. ¡Dios me valga! ¡Por nada del mundo querría que se avergonzasen de su padre! ¡Dios santo, qué vergüenza! ¿Qué puedo hacer ahora?

Sherlock Holmes se sentó junto a él en el camastro y le dio unos golpecitos cariñosos en el hombro, diciéndole:

–Es evidente que si usted deja que un tribunal ponga el asunto en claro, será difícil evitar que el caso adquiera publicidad. Por otra parte, si usted convence a las autoridades policíacas de que en modo alguno pueden presentar una acusación contra usted, no veo razón para que los detalles de lo ocurrido lleguen hasta los periódicos. Estoy seguro de que el inspector Bradstreet estaría dispuesto a tomar nota de todo lo que usted quiera declararnos para someterlo al estudio de sus superiores. Entonces no llegaría el caso hasta los tribunales.

–¡Dios lo bendiga a usted! –exclamó con fervor el preso–. Antes de consentir que mi vergonzoso secreto fuese un baldón de familia para mis hijos, estoy dispuesto a sufrir cárcel y hasta la horca. Son ustedes los primeros que habrán sabido mi vida. Mi padre era maestro en Chesterfield, donde yo recibí una excelente educación. Viajé durante mi juventud, me dediqué luego al teatro y, finalmente, me hice reportero de un periódico vespertino de Londres. Ocurrió cierto día que el director quiso que alguien hiciese una serie de artículos sobre la mendicidad en la metrópoli, y yo me brindé para esa tarea. Ahí tienen ustedes el punto de arranque de todas mis aventuras. Sólo convirtiéndome en mendigo amateur podía yo conseguir los datos reales en que basar mis artículos. Como es natural, siendo yo actor, había aprendido todos los secretos de la caracterización, llegando a ser celebrado por mi habilidad en los saloncillos de espera. Saqué entonces partido de lo que sabía. Me pinté la cara, y para inspirar toda la compasión posible, me hice una buena cicatriz y me retorcí hacia arriba un lado del labio superior sirviéndome de una tirita de tafetán color carne. Después, con unas greñas de pelo rojo y ropas apropiadas, me situé en uno de los puntos de mayor movimiento de la City, ostensiblemente como cerillero, pero en realidad como mendigo. Permanecí en mi negocio durante siete horas. Cuando regresé a casa, vi, con gran sorpresa mía, que había recogido nada menos que veintiséis chelines y cuatro peniques. Escribí mis artículos y ya no volví a acordarme del asunto hasta que, por haber garantizado una letra de un amigo mío, se presentaron a cobrarme judicialmente la cantidad de veinticinco libras. Me volví loco ideando expedientes para conseguir esa suma, hasta que tuve una idea repentina. Supliqué una demora de quince días al acreedor, pedí unas vacaciones a mis patronos y pasé ese tiempo pidiendo limosna en la City bajo aquel disfraz. Reuní el dinero en diez días, y pagué la deuda. Ya comprenderán ustedes todo lo cuesta arriba que se me hacía el sujetarme a un trabajo difícil por dos libras a la semana, sabiendo que podía ganar esa suma en un día con sólo pintarrajearme la cara, poner mi gorra en el suelo y esperar sentado. Fue aquélla una lucha larga entre mi orgullo y el dinero, pero la ambición se impuso al fin; renuncié al reporterismo y permanecí sentado un día y otro en el rincón que había elegido desde el principio, moviendo a compasión con mi cara espantosa, y llenándome los bolsillos de monedas de cobre. Sólo un hombre sabía mi secreto. Era ese hombre el explotador de un antro miserable en el que yo me alojaba; se hallaba situado en Swandam Lane, y yo salía del mismo todas las mañanas como un mendigo mugriento y volvía al oscurecido para transformarme en un caballero bien vestido y comenten. Yo le pagaba muy buen precio por sus habitaciones a dicho individuo, que es un lascar, y sabía que mi secreto estaba seguro en sus manos. Me encontré muy pronto con que estaba ahorrando sumas importantes de dinero. No quiero afirmar que todos los mendigos que andan por las calles de Londres ganen al año setecientas libras –cantidad inferior a la cifra media de mis ingresos–, porque yo encontraba facilidades extraordinarias en mi habilidad para caracterizarme, y también en el saber contestar con gracia a lo que se me decía, cosas en que me fui perfeccionando cada vez más con la práctica, hasta que me convertí en uno de los tipos más populares en la City. Un manantial de peniques entremezclados de plata, vertíase durante todo el día sobre mí, teniendo que dárseme muy mal para que no alcanzase las dos libras de recaudación. A medida que me enriquecía fueron aumentando mis ambiciones; alquilé una casa en el campo, y un buen día contraje matrimonio, sin que nadie abrigase la menor sospecha acerca de mi profesión verdadera. Mi esposa querida estaba enterada de que yo tenía negocios en la City, pero estaba muy lejos de sospechar en qué consistían. El pasado lunes di por terminada mi tarea del día y me estaba vistiendo en el cuarto que ocupo encima del fumadero de opio, cuando me asomé a mirar a la ventana y vi, con espanto y asombro, que mi mujer se hallaba en la calle y que tenía sus ojos clavados en mí. Lancé un grito de sorpresa, levanté los brazos para taparme la cara y, echando a correr hacia mi confidente, el lascar, le conjuré a que no dejase que nadie subiese a verme. Oí al pie de la escalera la voz de mi mujer, pero estaba seguro de que no subiría. Me quité rápidamente mis ropas, me puse las de mendigo, me pinté y me encasqueté la peluca. Ni siquiera los ojos de una esposa serían capaces de penetrar debajo de un disfraz semejante. Pero de pronto se me ocurrió que quizá se realizase un registro en la habitación y que las ropas podrían traicionarme. Abrí de golpe la ventana, y en ese esfuerzo violento volví a sangrar de un pequeño corte que aquella mañana me había hecho en mi dormitorio. Acto continuo agarré mi chaqueta, que estaba lastrada con las monedas de cobre que acababa de pasar a sus bolsillos desde el talego de cuero en el que guardaba mis ingresos. La tiré por la ventana y desapareció dentro de las aguas del Támesis. Iba a hacer lo propio con las demás ropas, pero en ese instante se precipitaron escaleras arriba los guardias, y pocos minutos más tarde, con gran alivio mío, debo confesarlo, en vez de identificarme como el señor Neville St. Clair, fui detenido como su asesino. No creo que me quede por explicar nada más. Estaba decidido a mantener mi disfraz todo el tiempo que me fuese posible, y eso les explicará mis preferencias por conservar el rostro sucio. Sabiendo que mi esposa estaría con la ansiedad más terrible, me quité el anillo y se lo entregué al lascar aprovechando un momento en que no miraba ninguno de los guardias, junto con unas líneas que garrapateé a toda prisa, y en las que le decía que no tenía por qué pasar cuidado.

–Esa carta no le llegó hasta ayer –dijo Holmes.

–¡Válgame Dios y qué semana ha debido de pasar!

–La Policía ha estado vigilando a ese lascar –dijo el inspector Bradstreet–, y yo comprendo que le haya sido difícil echar al correo una carta sin que le viesen. Es probable que se la entregase a alguno de sus clientes marineros, al que se le olvidó por completo el encargo durante varios días.

–No me cabe duda de que fue eso lo que ocurrió –dijo Holmes, asintiendo con la cabeza–. Y, dígame, ¿nunca ha sido usted detenido por ejercer la mendicidad?

–Muchas veces, pero ¿qué suponía para mí una multa?

–Sin embargo, esto tiene que terminar aquí –dijo Bradstreet–. Para que la Policía pueda silenciar este asunto, no debe aparecer más el tal Hugh Boone.

–Lo he jurado por el más solemne de los juramentos que el hombre puede hacer.

–En ese caso, creo probable que no se seguirá adelante con el asunto. Pero si vuelve usted a aparecer en público, saldrá todo a colación. Señor Holmes, estamos en una gran deuda con usted por haber puesto en claro este negocio. Ojalá supiera yo los medios de que usted se vale para llegar a semejantes resultados.


–Este de ahora lo conseguí sentándome encima de cinco almohadas y fumándome una onza de picadura fuerte. Watson, creo que si tomamos el coche para ir a Baker Street, llegaremos con el tiempo justo para desayunar.






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