martes, 28 de octubre de 2014

Historia de la Inteligencia, Marcelo Rodríguez. Reseña de Julieta Manterola.






Por Julieta Manterola

Hay que comenzar diciendo que el libro del escritor y periodista Marcelo Rodríguez es muy interesante. Lo leí con avidez en dos días. Una quisiera que quedaran en su memoria todos los datos, fechas, nombres y teorías que el autor menciona y recopila. Pero sabemos que tal cosa es imposible, así que nos contentamos con tener el libro en nuestra biblioteca para consultarlo cuando sea necesario.

El libro tiene la forma de un texto de divulgación. La divulgación científica o filosófica me parece una tarea sumamente importante, ya que acerca y da a conocer disciplinas, problemas y teorías a las cuales, de otro modo, sólo accederían unos pocos.

El libro es un recorrido por la idea o el concepto de inteligencia, desde su formulación más antigua como “sabiduría” hasta su expresión más moderna como “tecnología”. Y realmente resulta un recorrido apasionante, lo cual ciertamente es un mérito del autor.

Dadas mis áreas de interés, la filosofía práctica y el feminismo, me centraré especialmente en dos capítulos del libro.

El capítulo 2, titulado “Siglos cazando brujas”, está dedicado a la discriminación que históricamente han (hemos) sufrido las mujeres en los ámbitos llamados “intelectuales”. Es sabido que, en Grecia, las mujeres eran consideradas como seres inferiores a los hombres y no formaban parte de la ciudadanía. Más actualmente, en 2005, Lawrence Summers, un economista norteamericano (1954-), “en su carácter de chairman de la emblemática y selecta Universidad de Harvard, [se lamentó públicamente] de las diferencias ‘innatas’ que hacían que tan pocas mujeres progresaran en matemáticas y ciencias ‘duras’” (página 47). Por supuesto, las afirmaciones de Summers encendieron el debate acerca de “las supuestas diferencias intrínsecas entre ambas inteligencias [la femenina y la masculina]” (página 47). ¿Qué se debe a la cultura y qué se debe a los genes?

Escribe Marcelo Rodríguez: “[…] hasta Georg Friedrich Hegel [filósofo alemán (1770-1831)] dijo en su Filosofía del Derecho que las mujeres pueden ‘tener alguna feliz inspiración, gusto, elegancia, pero carecen del ideal’. Y fue más allá: ‘La diferencia entre el varón y la mujer es la misma que existe entre el animal y la planta’. Y aclara, por si no se entendió, que ‘el animal corresponde más cercanamente al varón; la planta, a la mujer’” (página 46).

Leyendo este capítulo, una se pregunta por qué tanta saña hacia las mujeres, por qué ese ensañamiento con el género femenino. La respuesta, para mí, es un misterio.

John Stuart Mill, un filósofo inglés (1806-1873), mencionado en el libro, es una de las pocas, poquísimas, excepciones a la regla en este dechado de pensadores misóginos. Y su obra muestra que la idea de que las mujeres éramos inferiores a los hombres no era una idea ineludible y que podía escaparse a los prejuicios de género. Mill estuvo casado con una conocida feminista, Harriet Taylor. En 1858, Harriet muere y en 1869, Mill publica un libro que sería muy importante para las feministas de aquella época, La sujeción de las mujeres, en el cual pretende plasmar las ideas que su esposa y él compartían.

 
Marcelo Rodríguez, Historia de la inteligencia. 
Las neuronas, las computadoras y el fin de la sabiduría
Capital Intelectual, 2013, 144 páginas.



El capítulo 8, “Más preguntas que respuestas”, menciona a un importante neurólogo portugués, Antonio Damasio (1944-), y al libro que lo hizo famoso, al menos en el ámbito de las neurociencias, El error de Descartes (1994). En términos filosóficos, este científico está a favor de Hume (quien pensaba que la fuente de la motivación moral eran los sentimientos y las pasiones) y en contra de Kant (quien pensaba que la fuente de la motivación moral era, o debía ser, la razón). Como dice Marcelo Rodríguez: “El prejuicio de que pensar ‘bien’ es pensar ‘fríamente’ –un pensamiento desvinculado de todo componente emocional– era uno de los más extendidos, y subsistió más tiempo en el ámbito científico ‘duro’ que en el sentido común” (página 120). Sin embargo, para Damasio, el razonamiento o pensamiento práctico es imposible sin la contribución o la ayuda de las emociones, los sentimientos y la intuición. Imaginemos que, entre muchos compromisos familiares y laborales que llenan nuestra agenda, tenemos que decidir qué día y a qué hora ir al médico. O imaginemos que tenemos que decidir si hacer o no un buen negocio, que nos dejará buenas ganancias económicas, con el peor enemigo de nuestro mejor amigo. Si tuviéramos que decidir estas cuestiones “fríamente”, es decir, mediante un cálculo de pros y contras, de ventajas y desventajas, probablemente nos pasaríamos muchas horas, o incluso días o semanas, calculando. Pero la vida no nos permite hacer tal cosa. Tenemos que decidir rápidamente o, al menos, en un plazo razonable. Y es entonces cuando las emociones, los sentimientos y nuestra intuición vienen en nuestra ayuda, dando por finalizado el cálculo y arribando a una decisión.

Me resultó interesante también el capítulo 6, “Máquinas que piensan”, en el cual se habla acerca de la “inteligencia artificial”, y el capítulo 9, “Hacia el infinito y más acá”, el cual trata sobre la asimilación entre “inteligencia” y “tecnología”.

La idea de qué cosa sea la “inteligencia” ha regido y rige nuestra vida individual y colectiva (por ejemplo, a través de los tests de inteligencia que se realizan en escuelas y trabajos). El libro nos ofrece la oportunidad de pensar este concepto y de ver sus cambios históricos, lo cual ciertamente resulta muy interesante.


 
Marcelo Rodríguez. Nació en Buenos Aires en 1971. Desde fines de los 90 se desempeñó como periodista en varios medios especializándose en temas de ciencia y salud. Habitualmente escribe y publica notas en el suplemento Futuro de Página/12, en la edición online de La Nación, en el semanario Miradas al Sur y en una red de diarios del interior. Incursionó además en la ficción y, en 2006, publicó la novela En la ciudad de las artes.


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