miércoles, 29 de octubre de 2014

La búsqueda por comprender la conciencia. Antonio Damasio. Ted Talks.




Hoy les traigo una Charla TED brindada por el Neurocientífico Antonio Damasio sobre el origen y la base de la conciencia y el "sí mismo" ...

Espero la disfruten, luego podrán hallar la parte más sustanciosa de la charla desgrabada, gentileza de Julieta Manterola.


Antonio Damasio: La búsqueda por comprender la conciencia

“[…] ¿qué sucede con el sí mismo? El sí mismo es realmente difícil de aprehender. Y durante mucho tiempo, la gente ni quería abordarlo porque planteaban: “Cómo se puede tener ese punto de referencia que se requiere para mantener una continuidad del sí mismo día tras día”. Y encontré una solución a este problema. Y es la siguiente. Creamos mapas cerebrales del interior del cuerpo y los utilizamos como referencia para los otros mapas. Y permítanme contarles cómo llegué a esto. Lo logré porque, si tenemos una referencia que conocemos como sí mismo, el mí, el yo, en nuestro procesamiento, necesitamos que sea estable, que no presente muchas desviaciones día a día. Sucede que tenemos un único cuerpo. Un cuerpo solo, no dos ni tres. Y ése es el comienzo. El cuerpo es justamente un punto de referencia. Pero el cuerpo, desde luego, posee muchos miembros, que crecen a ritmos diferentes, tienen diferentes tamaños […]. Sin embargo, no sucede lo mismo con el interior, con aquellos elementos relacionados a lo que se conoce como nuestro medio interno. Por ejemplo, la gestión integral de los compuestos químicos internos del cuerpo son, de hecho, mantenidos intensamente, día tras día, por una muy buena razón. Si se desvían demasiado en los parámetros cercanos a la media, en base al rango de supervivencia que permite la vida, se producirá la enfermedad o la muerte. Así que tenemos un sistema incorporado en nuestras vidas que asegura cierto tipo de continuidad, algo así como una casi infinita uniformidad día tras día. Porque si no existe esa uniformidad fisiológica, nos enfermamos o morimos. Y hay un elemento más para esa continuidad [del sí mismo]. Y es que existe un acoplamiento estrecho entre la regulación de nuestro cuerpo en el cerebro y el cuerpo en sí; a diferencia de [cualquier] otro acoplamiento. Por ejemplo, estoy creando imágenes de ustedes pero no existe ningún vínculo fisiológico entre las imágenes de ustedes como audiencia y mi cerebro. Sin embargo, existe un vínculo estrecho y sostenido permanentemente entre el cuerpo regulando partes de mi cerebro y mi propio cuerpo.

[…] Les mostraré una foto. Prometo no decir nada a no ser que les asuste. Sólo [voy a] especificar que en la sección roja del tronco encefálico hay, para simplificar, pequeños cuadrados que corresponden a los módulos que en realidad forman los mapas cerebrales de los diferentes aspectos de nuestro interior, de las diferentes partes de nuestro cuerpo. Son exquisitamente topográficos y están exquisitamente interconectados en un patrón recurrente. Y es gracias a esto, y a este estrecho acoplamiento entre el tronco encefálico y el cuerpo, que (podría equivocarme, aunque no lo creo) se genera este mapeo corporal que provee de base al sí mismo bajo la forma de sensaciones, los sentimientos primordiales [o emociones].

Entonces, ¿qué es esa foto que vemos allí? Observen “la corteza cerebral” y “el tronco encefálico”, observen “el cuerpo”, y obtendrán la interconexión, mediante la cual el tronco encefálico provee de base al sí mismo, en una estrecha interconexión con el cuerpo. Y tenemos la corteza cerebral proporcionando el gran espectáculo de nuestras mentes, con la exuberancia de imágenes, que son en realidad el contenido de nuestras mentes y a lo que normalmente le prestamos más atención. Y deberíamos, porque verdaderamente es la película que se ve en nuestras mentes.

Pero observen las flechas. No están allí por casualidad. Están allí porque hay una interacción muy estrecha. No tendrán una mente consciente si no tienen esa interacción entre la corteza cerebral y el tronco encefálico. No tendrán una mente consciente si no tienen la interacción entre el tronco encefálico y el cuerpo.

Otra cosa interesante es que el tronco encefálico también lo compartimos con otras especies. Es así que, en los vertebrados, el diseño del cerebro es muy similar al nuestro, y ése es uno de los motivos por el cual otras especies tienen una mente consciente como la nuestra. No tan rica como la nuestra, porque no poseen nuestra corteza cerebral. Allí radica la diferencia. Y estoy en total desacuerdo con la idea de que la conciencia sea considerada como el gran producto de la corteza cerebral. [La diferencia es] la riqueza de nuestra mente, y no el hecho de que tengamos un sí mismo al que podamos referirnos [...].

[Ahora bien], existen tres niveles de sí mismo: el proto-yo, el yo-central y el yo-autobiográfico. Los dos primeros son compartidos con muchas especies y son producidos en gran medida por el tronco encefálico y todo lo que derive de la corteza en esas especies. Es el yo-autobiográfico el que poseen algunas especies, creo. Cetáceos y primates poseen un yo-autobiográfico hasta cierto punto. Y los perros domésticos tienen en cierto modo, también, un yo-autobiográfico. Pero la novedad está aquí. El yo-autobiográfico se construye sobre la base de los recuerdos del pasado y de los recuerdos de los planes que hemos hecho; es la vida pasada y el futuro proyectado. Y el yo-autobiográfico ha provocado la memoria ampliada, el razonamiento, la imaginación, la creatividad y el lenguaje. Y de ellos han salido los instrumentos de la cultura: la religión, la justicia, el comercio, las artes, la ciencia, la tecnología. Y es dentro de esa cultura que podemos lograr, y ése es el descubrimiento, algo que no está establecido biológicamente por completo. Está desarrollado en las culturas. Lo desarrollan los seres humanos en colectivo. Y [esto] es, por supuesto, la cultura en la que hemos desarrollado algo que denomino la regulación socio-cultural.

Y por último, podrían acertadamente preguntar: ¿qué importa esto? ¿Qué importa si lo primordial es el tronco cerebral o la corteza cerebral y cómo están formados? Tres razones. La primera, la curiosidad. Los primates son extremadamente curiosos y los humanos más que ninguno. Y si nos interesa, por ejemplo, el hecho de que la antigravedad aleja galaxias de la Tierra, ¿por qué no vamos a estar interesados en lo que sucede en el interior de los seres humanos? Segundo, entender la sociedad y la cultura. Pero debemos considerar cómo la sociedad y la cultura, en esta regulación socio-cultural, es una labor que continúa. Y finalmente, la medicina. No olvidemos que algunas de las peores enfermedades de la humanidad son la depresión, el Alzheimer y la adicción a las drogas. Piensen en un accidente cerebrovascular que puede devastar la mente o dejarlos inconscientes. No hay oración que trate esas enfermedades de manera efectiva y tampoco de manera imprevista si no se sabe cómo [esto] funciona. Así que [ésta] es una muy buena razón, más allá de la curiosidad, para justificar lo que hacemos y justificar el interés por saber lo que sucede en nuestros cerebros. Gracias por su atención”.

[Desgrabación de la traducción: Julieta Manterola.]


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martes, 28 de octubre de 2014

Historia de la Inteligencia, Marcelo Rodríguez. Reseña de Julieta Manterola.






Por Julieta Manterola

Hay que comenzar diciendo que el libro del escritor y periodista Marcelo Rodríguez es muy interesante. Lo leí con avidez en dos días. Una quisiera que quedaran en su memoria todos los datos, fechas, nombres y teorías que el autor menciona y recopila. Pero sabemos que tal cosa es imposible, así que nos contentamos con tener el libro en nuestra biblioteca para consultarlo cuando sea necesario.

El libro tiene la forma de un texto de divulgación. La divulgación científica o filosófica me parece una tarea sumamente importante, ya que acerca y da a conocer disciplinas, problemas y teorías a las cuales, de otro modo, sólo accederían unos pocos.

El libro es un recorrido por la idea o el concepto de inteligencia, desde su formulación más antigua como “sabiduría” hasta su expresión más moderna como “tecnología”. Y realmente resulta un recorrido apasionante, lo cual ciertamente es un mérito del autor.

Dadas mis áreas de interés, la filosofía práctica y el feminismo, me centraré especialmente en dos capítulos del libro.

El capítulo 2, titulado “Siglos cazando brujas”, está dedicado a la discriminación que históricamente han (hemos) sufrido las mujeres en los ámbitos llamados “intelectuales”. Es sabido que, en Grecia, las mujeres eran consideradas como seres inferiores a los hombres y no formaban parte de la ciudadanía. Más actualmente, en 2005, Lawrence Summers, un economista norteamericano (1954-), “en su carácter de chairman de la emblemática y selecta Universidad de Harvard, [se lamentó públicamente] de las diferencias ‘innatas’ que hacían que tan pocas mujeres progresaran en matemáticas y ciencias ‘duras’” (página 47). Por supuesto, las afirmaciones de Summers encendieron el debate acerca de “las supuestas diferencias intrínsecas entre ambas inteligencias [la femenina y la masculina]” (página 47). ¿Qué se debe a la cultura y qué se debe a los genes?

Escribe Marcelo Rodríguez: “[…] hasta Georg Friedrich Hegel [filósofo alemán (1770-1831)] dijo en su Filosofía del Derecho que las mujeres pueden ‘tener alguna feliz inspiración, gusto, elegancia, pero carecen del ideal’. Y fue más allá: ‘La diferencia entre el varón y la mujer es la misma que existe entre el animal y la planta’. Y aclara, por si no se entendió, que ‘el animal corresponde más cercanamente al varón; la planta, a la mujer’” (página 46).

Leyendo este capítulo, una se pregunta por qué tanta saña hacia las mujeres, por qué ese ensañamiento con el género femenino. La respuesta, para mí, es un misterio.

John Stuart Mill, un filósofo inglés (1806-1873), mencionado en el libro, es una de las pocas, poquísimas, excepciones a la regla en este dechado de pensadores misóginos. Y su obra muestra que la idea de que las mujeres éramos inferiores a los hombres no era una idea ineludible y que podía escaparse a los prejuicios de género. Mill estuvo casado con una conocida feminista, Harriet Taylor. En 1858, Harriet muere y en 1869, Mill publica un libro que sería muy importante para las feministas de aquella época, La sujeción de las mujeres, en el cual pretende plasmar las ideas que su esposa y él compartían.

 
Marcelo Rodríguez, Historia de la inteligencia. 
Las neuronas, las computadoras y el fin de la sabiduría
Capital Intelectual, 2013, 144 páginas.



El capítulo 8, “Más preguntas que respuestas”, menciona a un importante neurólogo portugués, Antonio Damasio (1944-), y al libro que lo hizo famoso, al menos en el ámbito de las neurociencias, El error de Descartes (1994). En términos filosóficos, este científico está a favor de Hume (quien pensaba que la fuente de la motivación moral eran los sentimientos y las pasiones) y en contra de Kant (quien pensaba que la fuente de la motivación moral era, o debía ser, la razón). Como dice Marcelo Rodríguez: “El prejuicio de que pensar ‘bien’ es pensar ‘fríamente’ –un pensamiento desvinculado de todo componente emocional– era uno de los más extendidos, y subsistió más tiempo en el ámbito científico ‘duro’ que en el sentido común” (página 120). Sin embargo, para Damasio, el razonamiento o pensamiento práctico es imposible sin la contribución o la ayuda de las emociones, los sentimientos y la intuición. Imaginemos que, entre muchos compromisos familiares y laborales que llenan nuestra agenda, tenemos que decidir qué día y a qué hora ir al médico. O imaginemos que tenemos que decidir si hacer o no un buen negocio, que nos dejará buenas ganancias económicas, con el peor enemigo de nuestro mejor amigo. Si tuviéramos que decidir estas cuestiones “fríamente”, es decir, mediante un cálculo de pros y contras, de ventajas y desventajas, probablemente nos pasaríamos muchas horas, o incluso días o semanas, calculando. Pero la vida no nos permite hacer tal cosa. Tenemos que decidir rápidamente o, al menos, en un plazo razonable. Y es entonces cuando las emociones, los sentimientos y nuestra intuición vienen en nuestra ayuda, dando por finalizado el cálculo y arribando a una decisión.

Me resultó interesante también el capítulo 6, “Máquinas que piensan”, en el cual se habla acerca de la “inteligencia artificial”, y el capítulo 9, “Hacia el infinito y más acá”, el cual trata sobre la asimilación entre “inteligencia” y “tecnología”.

La idea de qué cosa sea la “inteligencia” ha regido y rige nuestra vida individual y colectiva (por ejemplo, a través de los tests de inteligencia que se realizan en escuelas y trabajos). El libro nos ofrece la oportunidad de pensar este concepto y de ver sus cambios históricos, lo cual ciertamente resulta muy interesante.


 
Marcelo Rodríguez. Nació en Buenos Aires en 1971. Desde fines de los 90 se desempeñó como periodista en varios medios especializándose en temas de ciencia y salud. Habitualmente escribe y publica notas en el suplemento Futuro de Página/12, en la edición online de La Nación, en el semanario Miradas al Sur y en una red de diarios del interior. Incursionó además en la ficción y, en 2006, publicó la novela En la ciudad de las artes.


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