jueves, 27 de noviembre de 2014

El dedo pulgar del ingeniero. Sherlock Homes. Arthur Conan Doyle.

Hoy les traigo otro de los clásicos cuentos de Las Aventuras de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, "El dedo pulgar del ingeniero".

No es de aquellos cuentos en donde se nos relaten las cosas del mejor modo para poder "acompañar" a nuestro gran Detective e intentar resolver el misterio junto a él, pero, en lo personal, al leer este relato, sentí un maravilloso y gran clima de suspenso y misterio. Creo que es, a nivel construcción de la tensión y el suspenso uno de los mejores ... 

Espero disfruten de una nueva aventura del genial detective !!!






La aventura del pulgar del ingeniero


Entre todos los problemas presentados a mi amigo el señor Sherlock Holmes para que les diera solución, durante los años de nuestra relación, hubo sólo dos en los que yo fui el medio de introducción: el del pulgar del señor Hatherley y el de la locura del coronel Warburton. De ellos, el último pudo haber proporcionado mejor campo para un observador agudo y dotado de originalidad, pero el otro fue tan extraño en su comienzo y tan dramático en sus detalles, que bien puede ser el más merecedor de quedar registrado por escrito, aunque diera a mi amigo menos oportunidades para practicar aquellos métodos deductivos de razonamiento con los que conseguía tan notables resultados. Según creo, la historia ha sido explicada más de una vez en los periódicos, pero, como ocurre con todas estas narraciones, su efecto es mucho menos chocante cuando se presenta en bloque, en una sola media columna de letra impresa, que cuando los hechos se desenvuelven lentamente ante nuestros ojos y el misterio se aclara de manera gradual, a medida que cada nuevo descubrimiento representa un caso más que conduce a la completa verdad. En su momento, las circunstancias me causaron una profunda impresión, y el paso de dos años apenas ha podido debilitar sus efectos.

En el verano de 1889, poco después de mi matrimonio, ocurrieron los acontecimientos que ahora me dispongo a resumir. Yo había vuelto a practicar la medicina civil y había abandonado finalmente a Holmes en sus habitaciones de Baker Street, aunque le visitaba continuamente y a veces incluso le persuadía para que abandonara sus hábitos bohemios hasta el punto de venir él a visitarnos. Mi clientela había aumentado con toda regularidad y, puesto que yo vivía a poca distancia de la estación de Paddington, conseguí unos cuantos pacientes entre sus empleados. Uno de éstos, al que le había curado una enfermedad tan dolorosa como persistente, no se cansaba de pregonar mis talentos, ni de procurar enviarme todo enfermo sobre el cual él tuviera alguna influencia.

Una mañana, poco antes de las siete, me despertó la sirvienta al golpear mi puerta, para anunciarme que habían llegado de Paddington dos hombres y que esperaban en la sala de consulta. Me vestí apresuradamente, pues sabía por experiencia que los casos que afectaban a usuarios del ferrocarril rara vez eran triviales, y me apresuré a bajar. Aún me encontraba en la escalera cuando mi fiel aliado, el guarda, salió de la sala de consulta y cerró con cuidado la puerta tras él.

-Lo tengo aquí -susurró, señalando con su pulgar por encima del hombro-. Está bien.

-¿De que se trata? -pregunté, pues su actitud sugería que hablaba de alguna extraña criatura a la que hubiera encerrado en la sala.

-Es un nuevo paciente -murmuró-. He pensado que lo mejor era traerlo yo mismo, ya que de este modo no podría escabullirse. Y aquí está, totalmente sano y salvo. Ahora debo marcharme, doctor, pues yo tengo mis obligaciones, lo mismo que usted.

Y diciendo esto, aquel fiable individuo se retiró, sin darme tiempo siquiera para expresarle mi agradecimiento.

Entré en mi gabinete de consulta y encontré un caballero sentado ante la mesa. Iba vestido discretamente con un traje de mezclilla de lana y había dejado sobre mis libros una gorra de tela. Un pañuelo, todo él manchado de sangre, envolvía su mano. Era un hombre joven, de no más de veinticinco años, hubiera asegurado yo, con un rostro enérgico y varonil, pero estaba muy pálido.

Me dio la impresión de ser víctima de una intensa agitación que sólo dominaba recurriendo a toda su energía.

-Siento haberle hecho levantar tan temprano, doctor -dijo-, pero durante la noche he sufrido un accidente muy grave. He llegado esta mañana en tren y, al preguntar en Paddington dónde podía encontrar un médico, un buen hombre me ha acompañado hasta aquí. He dado una tarjeta a la criada, pero veo que la ha dejado sobre la mesita.

La tomé para examinarla. «Víctor Hatherley. Ingeniero de obras hidráulicas. Victoria Street, 16 A, 3er. Piso.»

Tales eran el nombre, la profesión y el domicilio de mi visitante matinal.

-Lamento haberle hecho esperar -le dije, sentándome en el sillón de mi biblioteca-. Acaba usted de realizar un viaje nocturno, por lo que tengo entendido, y esto no deja de ser obviamente una ocupación monótona.

-¡Pero es que a mi noche nadie puede calificarla de monótona! -respondió él, y se echó a reír.

Se rió con ganas, con una nota aguda y penetrante, repantigándose en su silla y estremeciéndose de la cabeza a los pies. Todo mi instinto médico se alzó contra esta risa.

-¡Basta! -grité-. ¡Domínese!

Le serví un poco de agua de una garrafa, pero de nada sirvió. Era presa de uno de aquellos arrebatos histéricos que se apoderan de una naturaleza vigorosa cuando acaba de pasar por una fuerte crisis. Finalmente, volvió a recuperar el control sobre sí mismo, pero se mostró muy fatigado y al mismo tiempo se sonrojó intensamente.

-Me he puesto en ridículo -jadeó.

-En absoluto. ¡Bébase esto!

Añadí un poco de brandy al agua y empezó a reaparecer el color en sus mejillas exangües.

-¡Ya me encuentro mejor! -dijo-. Y ahora, doctor, quizá tenga usted la bondad de echar un vistazo a mi pulgar, o, mejor dicho, al lugar donde estaba antes.

Retiró el pañuelo y extendió la mano. Incluso mis nervios endurecidos notaron un escalofrío cuando la miré. Había cuatro dedos extendidos y una horrible superficie roja y esponjosa allí donde había estado el pulgar. Éste había sido seccionado o arrancado directamente desde sus raíces.

-¡Cielo santo! -exclamé-. Esto es una herida terrible. Ha de haber sangrado muchísimo.

-Ya lo creo. Me desmayé al hacérmela, y creo que permanecí largo tiempo sin sentido. Cuando volví en mí, descubrí que todavía sangraba, por lo que até un extremo de mi pañuelo estrechamente en torno a la muñeca y lo aseguré con un palito.

-¡Excelente! Usted hubiera podido ser cirujano.

-Es cuestión de hidráulica, como usted sabe, y entraba en mi especialidad.

-Esto lo ha hecho -dije, examinando la herida- un instrumento muy pesado y afilado.

-Algo así como un cuchillo de carnicero -repuso.

-¿Un accidente, supongo?

-En modo alguno.

-¿Cómo, una agresión criminal?

-Y tan criminal.

-Me horroriza usted.

Apliqué una esponja a la herida, la limpié, la curé y, finalmente, la cubrí con una almohadilla de algodón y vendajes tratados con ácido carbólico. Él lo aguantó sin parpadear, aunque de vez en cuando se mordiera el labio.

-¿Qué tal? -le pregunté cuando hube terminado.

-¡Magnífico! Entre su brandy y su vendaje, me siento como nuevo. Estaba muy débil, pero tengo que hacer muchas cosas.

-Tal vez sea mejor que no hable del asunto. Es evidente que pone a prueba sus nervios.

-Oh, no, nada de esto ahora. Tendré que contar lo sucedido a la policía, pero le diré, entre nosotros, que si no fuera por la convincente evidencia de esta herida, me sorprendería que dieran crédito a mi declaración, pues es realmente extraordinaria y, como pruebas, no dispongo de gran cosa con que respaldarla. Y aunque lleguen a creerme, las pistas que yo pueda darles son tan vagas que dudo de que llegue a hacerse justicia.

-¡Ajá! -exclamé-. Si se trata de algo así como un problema que usted desea ver resuelto, debo recomendarle encarecidamente que vea a mi amigo el señor Sherlock Holmes antes de ir a la policía oficial.

-He oído hablar de ese señor -contestó mi visitante-. Mucho me alegraría que se hiciera cargo del asunto, aunque, desde luego, debo hacer uso también de la policía oficial. ¿Me dará una carta de presentación para él?

-Haré algo mejor. Yo mismo le acompañaré a visitarlo.

-Le quedaré inmensamente reconocido por ello.

-Llamaremos un coche de alquiler e iremos juntos. Llegaremos justo a tiempo para compartir con él un ligero desayuno. ¿Se siente usted con ánimos?

-Si, y no me consideraré tranquilo hasta haber contado mi historia.

-Entonces mi criada llamará un coche y yo estaré con usted al instante.

Subí apresuradamente al primer piso, expliqué el asunto a mi esposa, en pocas palabras, y cinco minutos después me instalé en el interior de un coche de alquiler que me condujo, junto con mi nuevo conocido, a Baker Street.

Como yo me había figurado, Sherlock Holmes se encontraba en su sala de estar, en bata, entregado a la lectura de la columna de anuncios de personas desaparecidas en The Times, y fumando su pipa anterior al desayuno, que se componía de todos los residuos que habían quedado de las pipas fumadas el día anterior, cuidadosamente secados y reunidos en una esquina de la repisa de la chimenea. Nos recibió con su actitud discreta pero cordial, pidió más huevos y lonchas de tocino ahumado, y se unió a nosotros en un copioso refrigerio. Una vez concluido el mismo, instaló a nuestro nuevo cliente en un sofá, le puso un cojín debajo de la cabeza y colocó un vaso con agua y brandy a su alcance.

-Es fácil ver que su experiencia no ha tenido nada de vulgar, señor Hatherley -le dijo-. Por favor, siga echado aquí y considérese absolutamente en su casa. Díganos lo que pueda, pero deténgase cuando esté fatigado y reponga sus fuerzas con un poco de estimulante.

-Gracias -dijo mi paciente-, pero me siento otro hombre desde que el doctor me hizo la cura, y creo que su desayuno ha completado el restablecimiento. Le robaré tan poco como sea posible de su valioso tiempo, por lo que pasaré a explicarle en seguida mi peculiar experiencia.

Holmes se acomodó en su butacón, con los párpados caídos y la expresión de cansancio que velaban su carácter vivo y fogoso, mientras yo me sentaba ante él, y escuchamos en silencio la extraña historia que nuestro visitante procedió a referirnos.

-Deben saber -dijo- que soy huérfano y soltero, y que vivo solo en una pensión de Londres. Tengo la profesión de ingeniero especializado en hidráulica, y conseguí una experiencia considerable en mi trabajo con mis siete años de aprendizaje en Venner and Matheson, la reputada empresa de Greenwich. Hace dos años, cumplido mi periodo de prácticas y tras haber conseguido una sustanciosa suma de dinero debido a la muerte de mi pobre padre, decidí establecerme por mi cuenta y alquilé un despacho profesional en Victoria Street.

»Supongo que todo el que da sus primeros pasos, como independiente en el mundo de los negocios, pasa por una dura experiencia. Para mí lo ha sido y con carácter excepcional. Durante tres años, me han hecho tres consultas y se me ha confiado un trabajo de poca monta, y esto es absolutamente todo lo que me ha aportado mi profesión. Mis ingresos brutos ascienden a veintisiete libras con diez chelines. Cada día, de las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde, esperaba en mi pequeña oficina, hasta que finalmente empecé a perder el ánimo y llegué a creer que jamás conseguiría hacerme una clientela.

»Ayer, sin embargo, precisamente cuando pensaba abandonar el despacho, entró mi dependiente para anunciarme que esperaba un caballero que deseaba verme por cuestiones de negocio. Me entregó también una tarjeta con el nombre «Coronel Lysander Stark» grabado en ella. Pisándole los talones entró el propio coronel, un hombre de talla más que mediana pero de una excesiva delgadez. No creo haber visto nunca un hombre tan flaco. Toda su cara se afilaba para formar nariz y barbilla, y la piel de sus mejillas se tensaba con fuerza sobre sus huesos prominentes. No obstante, este enflaquecimiento parecía cosa natural en él, sin que se debiera a enfermedad alguna, pues tenía los ojos brillantes, su paso era firme y su oído muy fino. Vestía con sencillez pero pulcramente, y su edad, diría yo, se acercaba más a los cuarenta que a los treinta.

»-¿El señor Hatherley? -dijo con un vestigio de acento alemán-. Usted me ha sido recomendado, señor Hatherley, como un hombre que no sólo es eficiente en su profesión, sino además discreto y capaz de guardar un secreto.

»Me sentí tan halagado como podría sentirse cualquier joven ante semejante introducción.

»-¿Puedo preguntarle quién le ha dado tan buenas referencias? -inquirí.

»-Tal vez sea mejor que de momento no le diga esto. Sé, a través de la misma fuente, que es usted a la vez huérfano y soltero, y que vive solo en Londres.

»-Es exacto -respondí-, pero me excusará si le digo que no acierto a distinguir qué tiene que ver todo esto con mis calificaciones profesionales. Me ha parecido entender que usted deseaba hablar conmigo acerca de una cuestión profesional.

»-Indudablemente, pero comprobará que todo lo que yo digo tiene algo que ver con el asunto. Reservo para usted un encargo profesional, pero es esencial que usted guarde absoluto secreto, ¿me entiende? Como es lógico, esto lo podemos esperar más bien de un hombre que vive solo que de otro que viva en el seno de su familia.

»-Si yo prometo guardar un secreto -dije-, pueden estar totalmente seguros de que así lo haré.

»Me miró con gran fijeza mientras yo hablaba, y a mí me pareció que nunca había visto unos ojos tan suspicaces e inquisitivos.

»-¿Lo promete, pues?

»-Sí, lo prometo.

»-¿Un silencio absoluto, completo, antes, durante y después? ¿Ninguna referencia al asunto, tanto oral como por escrito?

»-Ya le he dado mi palabra.

»-Muy bien.

»Se levantó de pronto y, cruzando como un rayo la pequeña oficina, abrió la puerta de par en par. Afuera, el pasillo estaba vacío. Todo va bien -dijo al regresar-. Sé que los empleados se muestran a veces curiosos con los asuntos de sus amos. Ahora podemos hablar con toda seguridad. Colocó su silla muy cerca de la mía y empezó a contemplarme de nuevo con la misma mirada interrogante y pensativa. Una sensación de repulsión, junto con algo similar al temor, había empezado a surgir en mi interior ante la extraña actitud de aquel hombre descarnado. Ni siquiera mi temor a perder un cliente pudo impedirme que le mostrase mi impaciencia.

»-Le ruego que explique lo que desea, caballero -le dije-. Mi tiempo es valioso.

»Que el cielo me perdone esta frase, señor Holmes, pero así acudieron las palabras a mis labios.

»-¿Qué le parecerían cincuenta guineas por una noche de trabajo? -preguntó el coronel Stark.

»-Me parecerían muy bien.

»-Digo una noche de trabajo, pero hablar de una hora seria más exacto. Deseo simplemente su opinión sobre una máquina estampadora hidráulica que no funciona como es debido. Si nos indica dónde radica el defecto, pronto lo arreglaremos nosotros mismos. ¿Qué me dice de un encargo como éste?

»-El trabajo parece llevadero y la paga generosa.

»-Así es. Queremos que venga usted por la noche, en el último tren.

»- ¿Adónde?

»-A Eyford, en el Berkshire. Es un pueblecillo cercano a los límites del Oxfordshire y a siete millas de Reading. Sale un tren desde Paddington que le dejará allí a eso de las once y cuarto.

»-Muy bien.

»-Vendré a buscarlo en un coche.

»-¿Hay qué hacer un trayecto en coche, pues?

»-Sí, nuestro pueblecillo queda adentrado en la campiña. Está a sus buenas siete millas de la estación de Eyford.

»-Entonces dudo de que podamos llegar a él antes de medianoche. Supongo que no habrá ningún tren de vuelta y me veré obligado a pasar allí la noche.

»-Si, pero podemos improvisarle una cama.

»-Esto resulta muy inconveniente. ¿No podría acudir a una hora más oportuna?

»-Hemos considerado que llegue usted tarde. Precisamente, para compensarle por cualquier inconveniente, le pagamos, pese a ser un joven desconocido, unos honorarios como los que requeriría una opinión por parte de algunas de las figuras más descollantes de su profesión. No obstante, si prefiere retirarse del negocio, no es necesario decirle que hay tiempo de sobra para hacerlo.

»Pensé en las cincuenta guineas y en lo muy útiles que podían serme.

»-De ningún modo -contesté-. Con mucho gusto me acomodaré a sus deseos, pero me agradaría comprender algo más claramente lo que desea usted que haga.

»-Desde luego. Es muy natural que el compromiso de secreto que hemos obtenido de usted haya suscitado su curiosidad. No pretendo que se comprometa a nada antes de que lo haya visto todo ante sus ojos. Supongo que aquí estamos totalmente a salvo de curiosos capaces de escuchar detrás de las puertas, ¿no es así?

»-Totalmente.

»-Entonces he aquí el asunto. Usted sabe probablemente que la tierra de batán es un producto valioso y que en Inglaterra sólo se encuentra en uno o dos lugares.

»-He oído decirlo.

»-Hace algún tiempo compré una pequeña propiedad, una finca pequeñísima, a diez millas de Reading, y tuve la suerte de descubrir que en uno de mis campos había un filón de tierra de batán.

»Al examinarlo, sin embargo, observé que ese filón era relativamente pequeño y que constituía un enlace entre dos mucho más grandes a la derecha y a la izquierda, aunque ambos se encontraban en terrenos de mis vecinos. Esa buena gente ignoraba totalmente que sus tierras contenían lo que era tan valioso como una mina de oro. Como es natural, a mí me interesaba comprar sus tierras antes de que descubriesen su auténtico valor, pero desgraciadamente yo no disponía de capital que me permitiera hacerlo. No obstante, revelé el secreto a unos pocos amigos y ellos me sugirieron que explotáramos muy discretamente nuestro pequeño filón, y ello nos permitiría adquirir los campos vecinos. Y esto es lo que hemos estado haciendo durante algún tiempo, y con el fin de que nos ayudara en nuestras operaciones montamos una prensa hidráulica. Como ya le he explicado, esta prensa se ha estropeado y deseamos que usted nos aconseje al respecto. Pero nosotros guardamos celosamente nuestro secreto, porque si llegara a saberse que vienen ingenieros a nuestra propiedad, pronto se desataría la curiosidad y entonces, si se averiguase la verdad, adiós a toda posibilidad de conseguir aquellos campos y llevar a la práctica nuestros planes. Por esto yo le he hecho prometer que no dirá a nadie que va a Eyford esta noche. Espero haberme explicado con toda claridad.

»-Le entiendo perfectamente -aseguré-. El único punto que no acierto a comprender es qué servicio puede prestarles una prensa hidráulica para excavar tierra de batán, que, según tengo entendido, se extrae de un pozo, como la gravilla.

»-Si -repuso él con indiferencia-, pero es que nosotros tenemos un proceso propio. Comprimimos la tierra en forma de ladrillos a fin de sacarlos sin revelar lo que son. Pero esto es un mero detalle. Acabo de hacerle objeto de toda mi confianza, señor Hatherley, y le he demostrado hasta qué punto confío en usted. -Se levantó mientras hablaba-. Le esperaré, pues, en Eyford a las once y cuarto.

»-No dude de que estaré allí.

»-Y ni una sola palabra a nadie -dijo, dirigiéndome una última y prolongada mirada inquisitiva, y acto seguido, dando a mi mano un húmedo y frío apretón, salió presuroso de la oficina.

»Bien, cuando pude recapacitar con sangre fría me sentí estupefacto, como ustedes pueden pensar, ante aquel encargo repentino que me había sido confiado. Por un lado, como es natural, me alegraba, pues los honorarios eran como mínimo diez veces superiores a los que hubiera pedido de haber fijado yo precio a mis servicios, y cabía la posibilidad de que este encargo condujera a otros. Por otro lado, el rostro y la actitud de mi cliente me habían causado una desagradable impresión, y no me parecía que sus explicaciones sobre la tierra de batán bastaran para explicar la necesidad de que yo llegara allí a medianoche ni su extrema ansiedad respecto a la posibilidad de que yo hablara con alguien de mi misión. Sin embargo, deseché todos mis temores, despaché una buena cena, tomé un coche de punto hasta Paddington y di comienzo a mi viaje, tras haber obedecido al pie de la letra mi compromiso de guardar silencio.

»En Reading tuve que cambiar, no sólo de vagón, sino también de estación, pero llegué a tiempo para abordar el último tren con destino a Eyford. Poco después de las once me personé en la pequeña y mal iluminada estación. Fui el único pasajero que se apeó en ella y en el andén no había más que un soñoliento mozo de equipajes con una linterna. Pero al traspasar el portillo vi que mi visitante de la mañana me esperaba entre las sombras al otro lado. Sin pronunciar palabra, aferró mi brazo y me hizo subir apresuradamente a un carruaje cuya puerta había quedado abierta. Subió las ventanillas de ambos lados, dio un golpecito en la estructura de madera y partimos con toda la rapidez que podía conseguir el caballo.

-¿Un caballo? -intervino Holmes.

-Sí, sólo uno.

-¿Se fijó en el color?

-Si, lo vi a la luz de los faroles laterales cuando yo subía al carruaje. Color castaño,

-¿Aspecto fatigado o fresco?

-Fresco y pelo reluciente.

-Gracias. Siento haberle interrumpido. Le ruego que prosiga su interesantísíma narración.

-Emprendimos la marcha, pues, y corrimos al menos durante una hora. El coronel Lysander Stark había dicho que el trayecto sólo era de siete millas, pero yo creería, a juzgar por el promedio que parecíamos llevar y por el tiempo que empleamos, que debían de ser más bien unas doce. Sentado a mi lado, él guardó silencio en todo momento, y advertí más de una vez, al mirar en su dirección, que tenía la vista clavada en mi con gran intensidad. Las carreteras rurales no parecían muy buenas en aquella parte del mundo, pues los baches imprimían un traqueteo terrible. Traté de mirar a través de las ventanas para ver algo de los alrededores, pero eran cristales esmerilados y sólo pude distinguir el resplandor borroso y ocasional de alguna luz ante la que pasábamos. De vez en cuando, me aventuraba a hacer alguna observación para quebrar la monotonía del viaje, pero el coronel sólo contestaba con monosílabos y la conversación no tardaba en extinguirse. Finalmente, sin embargo, las asperezas de la carretera se convirtieron en la crujiente regularidad de un camino de grava, y el carruaje se detuvo. El coronel Lysander Stark se apeó de un salto y, al seguirlo yo, me empujó en seguida hacia un porche que se abría ante nosotros. De hecho, nos apeamos del coche para entrar directamente en el vestíbulo, de modo que no me fue posible dirigir la menor mirada a la fachada de la casa. Apenas hube cruzado el umbral, la puerta se cerró pesadamente a nuestra espalda y oí el leve traqueteo de las ruedas al alejarse el carruaje.

»Dentro de la casa reinaba una oscuridad absoluta y el coronel buscó en vano cerillas, mientras rezongaba para sus adentros, pero de pronto se abrió una puerta al otro lado del pasillo y una larga y dorada franja de luz avanzó en nuestra dirección. La franja se ensanchó y apareció una mujer que sostenía una lámpara encendida por encima de su cabeza y avanzaba el cuello para mirarnos. Pude ver que era hermosa y, por el brillo que la luz producía en su vestido oscuro, comprendí que éste era de un género de gran calidad. Dijo unas palabras en un idioma extranjero y en el tono de quien hace una pregunta, y cuando mi acompañante contestó con un brusco monosílabo, ella experimentó tal sobresalto que la lámpara estuvo a punto de caérsele de la mano. El coronel Stark se acercó a ella y le quitó la lámpara, murmurándole algo al oído, y después, empujándola hacia el cuarto del que había salido, avanzó de nuevo hacia mí con la lámpara en la mano.

»-Le ruego que tenga la bondad de esperar unos minutos en esta habitación -me dijo, abriendo otra puerta. Era una habitación pequeña, discreta, amueblada con sencillez, con una mesa redonda en el centro, en la que había esparcidos varios libros en alemán. El coronel Stark puso la lámpara sobre un armario que había junto a la puerta-. No le haré esperar mucho tiempo -me aseguró, y se desvaneció en la oscuridad.

»Examiné los libros y, a pesar de mi ignorancia del idioma alemán, pude ver que dos de ellos eran tratados científicos y los otros volúmenes de poesía. Entonces me dirigí hacia la ventana, esperando poder echar un vistazo al paisaje rural, pero la cubría un porticón de madera de roble asegurado con recios barrotes. Era una casa asombrosamente silenciosa. Un reloj antiguo dejaba oir un ruidoso tictac en algún lugar del pasillo, pero aparte dc esto reinaba por doquier una quietud mortal. Una vaga sensación de intranquilidad empezó a apoderarse de mí. ¿Quiénes eran aquellos alemanes, y qué hacían en un lugar tan extraño y aislado? ¿Y dónde estaba ese lugar? A unas diez millas de Eyford era todo lo que sabía yo, pero si era al norte, al sur, al este o al oeste, no tenía la menor idea. En este aspecto, Reading, y acaso otras poblaciones importantes, se encontraba dentro de este radio, de modo que tal vez el lugar no estuviera tan aislado, después de todo. No obstante, a juzgar por aquella quietud absoluta no cabía duda de que estábamos en el campo. Paseé de un lado a otro de la habitación, entonando una cancioncilla entre dientes para mantener el ánimo y pensando que me estaba ganando cumplidamente las cincuenta guineas de mis honorarios.

»De pronto, y sin ningún sonido preliminar en medio del profundo silencio, la puerta de mi habitación se abrió lentamente. La mujer se perfiló en la abertura, con la oscuridad del vestíbulo detrás de ella, mientras la luz amarillenta de mi lámpara iluminaba su bellísima y angustiada cara. Pude ver en seguida que estaba aterrorizada, y esta visión provocó también un escalofrío en mi corazón. Mantenía en alto un dedo tembloroso para pedirme silencio y murmuró unas cuantas palabras entrecortadas en un inglés vacilante, con unos ojos como los de un caballo asustado, mirando hacia atrás, hacia las tinieblas a su espalda.

»-Yo me iría -dijo, procurando, según me pareció, hablar con calma-. Yo me iría. Yo no me quedaría aquí. quedarse no es bueno para usted.

»-Pero, señora -repuse-, todavía no he hecho lo que me ha traído aquí. No puedo marcharme sin haber visto la máquina.

»-No merece la pena que espere -insistió ella-. Puede salir por la puerta y nadie se lo impedirá.

»Entonces, al ver que yo sonreía y meneaba la cabeza negativamente, abandonó toda compostura y dio un paso adelante, con las manos entrelazadas.

»-¡Por el amor de Dios! -exclamó-. ¡Márchese de aquí antes de que sea demasiado tarde!

»Pero por naturaleza soy un tanto obstinado y más me empeño en hacer algo cuando se tercia algún obstáculo. Pensé en mis cincuenta guineas, en mi fatigoso viaje y en la desagradable noche que parecía esperarme. ¿Iba a ser todo a cambio de nada? ¿Por qué tenía yo que escabullirme sin haber realizado mi misión y sin cobrar lo que se me debía? Que yo supiera, aquella mujer bien podía ser una monomaniaca. Con una firme postura, por consiguiente, aunque la actitud de ella me había impresionado más de lo que yo quisiera admitir, seguí denegando con la cabeza e insistí en mi intención de quedarme. Estaba ella a punto de reanudar sus súplicas cuando arriba se cerró ruidosamente una puerta y se oyeron los pasos de varias personas en la escalera. Ella escuchó unos instantes, alzó las manos en un gesto de desesperación y desapareció tan súbitamente como silenciosamente se había presentado.

»Los recién llegados eran el coronel Lysander Stark y un hombre bajo y grueso, con una barba hirsuta que crecía en los pliegues de su doble papada y que me fue presentado como el señor Ferguson.

»-Es mi secretario y administrador -explicó el coronel-. A propósito, yo tenía la impresión de haber dejado la puerta cerrada hace unos momentos. Temo que le haya molestado la corriente de aire.

»-Al contrario -repliqué-, yo mismo la he abierto, porque este cuarto me parecía un poco cerrado.

»Me lanzó una de sus miradas suspicaces.

»-Pues tal vez sea mejor que pongamos manos a la obra -dijo-. El señor Ferguson y yo le acompañaremos a ver la máquina.

»-Entonces será mejor que me ponga el sombrero.

»-No vale la pena, pues está aquí en la casa.

»-¿Cómo? ¿Extraen tierra de batán en la misma casa?

»-No, no. La máquina sólo se emplea cuando comprimimos la tierra. ¡Pero esto poco importa!

Lo único que deseamos es que la examine y nos diga qué le pasa.

»Subimos los tres, el coronel delante con la lámpara y detrás el obeso administrador y yo. Era una casa vieja y laberíntica, con corredores, pasillos, estrechas escaleras de caracol y puertas pequeñas y bajas, cuyos umbrales mostraban la huella de las generaciones que los habían cruzado. No había alfombras ni señales de mobiliario más arriba de la planta baja y, en cambio, el estuco se estaba desprendiendo de las paredes y la humedad se filtraba formando manchones de un feo color verdoso. Yo procuraba mostrar una actitud tan despreocupada como me era posible, pero no había olvidado las advertencias de la dama, aunque las dejara de lado, y mantenía una mirada vigilante sobre mis dos acompañantes. Ferguson parecía ser un hombre malhumorado y silencioso, pero, por lo poco que dijo, supe que era por lo menos compatriota mío.

»El coronel Lysander Stark se detuvo por fin ante una puerta baja, cuya cerradura abrió. Había al otro lado un cuarto pequeño y cuadrado, en el que los tres difícilmente podíamos entrar al mismo tiempo. Ferguson se quedó afuera y el coronel me hizo entrar.

»-De hecho -dijo-, nos encontramos ahora dentro de la prensa hidráulica, y seria particularmente desagradable para nosotros que alguien la pusiera en marcha. El techo de este cuartito es en realidad el extremo del pistón descendente, y baja con la fuerza de muchas toneladas sobre este suelo metálico. Afuera, hay unos pequeños cilindros laterales de agua que reciben la presión y que la transmiten y multiplican de la manera que a usted le es familiar. La máquina se pone en marcha, pero hay una cierta rigidez en su funcionamiento y ha perdido algo de su potencia. Tenga la bondad de examinarla y de explicarnos cómo podemos repararla.

»Me entregó su lámpara y yo inspeccioné detenidamente la máquina. Era, desde luego, una prensa gigantesca, capaz de ejercer una presión enorme. Cuando pasé al exterior, sin embargo, y accioné las palancas que la controlaban, supe en seguida, por un ruido siseante, que había una ligera fuga que permitía una regurgitación del agua a través de uno de los cilindros laterales. Un examen mostró que una de las bandas de goma que rodeaban el cabezal de una de las barras impulsoras se había encogido y no cubría por completo el cilindro a lo largo del cual trabajaba. Tal era, claramente, la causa de la pérdida de potencia, y así lo indiqué a mis acompañantes, que escucharon muy atentamente mis observaciones e hicieron varias preguntas concretas sobre lo que debían hacer para reparar la prensa. Una vez se lo hube explicado, volví a la cámara principal de la máquina y le eché un buen vistazo para satisfacer mi curiosidad.

»Al momento resultaba obvio que la historia de la tierra de batán no era más que un embuste, pues resultaba absurdo suponer que se pudiera destinar una máquina tan potente a una finalidad tan inadecuada. Las paredes eran de madera, pero el suelo consistía en una gran plancha de hierro, y cuando la examiné detenidamente pude ver sobre ella una costra formada por un poso metálico. Me había agachado y la raspaba para saber exactamente qué era, cuando oí una sorda exclamación en alemán y vi la faz cadavérica del coronel que me miraba desde arriba.

»-¿Qué está haciendo aquí? -pregunto.

»Yo estaba indignado por haberme dejado engañar por una historia tan rebuscada como la que me había contado.

»-Estaba admirando su tierra de batán -repliqué-. Creo que podría aconsejarle mejor respecto a su máquina, si supiera exactamente con qué propósito ha sido utilizada.

»Apenas había pronunciado estas palabras, lamenté la franqueza de las mismas. El rostro del coronel pareció endurecerse y una luz amenazadora bailó en sus ojos grises.

»-Muy bien -dijo-, pues va a saberlo todo acerca de ella.

»Dio un paso atrás, cerró de golpe la puertecilla y dio vuelta a la llave en la cerradura. Me precipité hacia ella y forcejeé con la manija, pero era una puerta muy segura y no cedió en lo más mínimo, pese a mis patadas y empujones.

»-¡Oiga! -grité-. ¡Oiga, coronel! ¡Déjeme salir!

»Y entonces, en el silencio, oyóse de pronto un ruido que hizo agolpar la sangre en mi cabeza. Era el chasquido metálico de las palancas y el silbido del escape en el cilindro. Había puesto la máquina en marcha. La lámpara se encontraba todavía en el suelo metálico, donde la había colocado al inspeccionarlo. Su luz me permitió ver que el negro techo descendía sobre mí, lentamente y a sacudidas, pero, como nadie podía saber mejor que yo, con una fuerza que al cabo de un minuto me habría reducido a una papilla informe. Me abalancé, chillando, contra la puerta y forcejeé con la cerradura. Imploré al coronel que me dejara salir, pero el implacable ruido de las palancas sofocó mis gritos. El techo se encontraba tan sólo a tres o cuatro palmos de mi cabeza; levanté la mano y pude palpar su dura y áspera superficie. Acudió entonces a mi mente la idea de que la condición dolorosa de mi muerte dependería muchísimo de la posición con la que yo la esperase; si me echaba boca abajo el peso gravitaría sobre mi columna vertebral. Me estremecía al pensar en el espantoso chasquido al romperse. Tal vez resultara más fácil hacerlo al revés, pero ¿tendría la sangre fría necesaria para contemplar, echado, aquella mortal sombra negra que descendía, oscilante, sobre mí? Ya no me era posible mantenerme de pie, cuando mi vista captó algo que devolvió un soplo de esperanza a mi corazón.

»He dicho que, aunque el suelo y el techo eran de hierro, las paredes eran de madera. Al dar una última y apresurada mirada a mí alrededor, vi una fina línea de luz amarilla entre dos de las tablas, línea que se ensanchó más y más al correrse hacia atrás un pequeño panel. Por un instante apenas pude creer que hubiese de veras una puerta que me alejara de la muerte. Un momento después, me lancé a través de la abertura y me desplomé, medio desmayado, al otro lado de ella. El panel se había cerrado de nuevo detrás de mí, pero la rotura de la lámpara y, momentos después, el choque entre las dos planchas metálicas, me indicaron bien a las claras que había escapado por los pelos.

»Me hizo volver en mí un frenético tirón en mi muñeca, y me encontré echado en el suelo de piedra de un estrecho corredor, con una mujer agachada que tiraba de mí con la mano izquierda, mientras sostenía una vela con la derecha. Era la misma buena amiga cuya advertencia había despreciado con tanta imprudencia.

»-¡Vamos, vamos! -exclamó casi sin aliento-. Estarán aquí dentro de un momento y descubrirán su ausencia. ¡Por favor, no pierda un tiempo tan precioso y venga!

»Esta vez, al menos, no eché en saco roto su consejo. Me levanté, tambaleándome, y corrí con ella a lo largo del pasillo, para bajar después por una escalera de caracol. Esta conducía a otro pasillo ancho y, apenas llegamos a él, oímos el ruido de pies que corrían y gritos de dos voces -una que contestaba a la otra- desde la planta en que nos encontrábamos y desde el piso de abajo. Mi guía se detuvo y miró a su alrededor, como la persona que llega al término de sus recursos. Abrió entonces una puerta que daba a un dormitorio, a través de cuya ventana la luna brillaba espléndidamente.

»-Es su única posibilidad -dijo-. Es alto, pero tal vez usted sea capaz de saltar.

»Mientras hablaba, se dejó ver una luz en el extremo más distante del pasillo, y vi la magra silueta del coronel Lysander Stark que corría hacia nosotros con una linterna en una mano y un arma parecida a un cuchillo de carnicero en la otra. Crucé precipitadamente el dormitorio, abrí de par en par la ventana y miré al exterior. El jardín no podía parecer más tranquilo, agradable y acogedor a la luz de la luna, y la altura no podía superar los quince pies. Trepé al alféizar pero vacilé antes de saltar, hasta haber oído lo que pasaba entre mi salvadora y el malvado que me perseguía. Si la maltrataba, yo estaba dispuesto, a cualquier precio, a correr en su ayuda. Apenas acababa de imponerse este pensamiento en mi mente, cuando él ya se encontraba en la puerta, forcejeando con la mujer para abrirse camino, pero ella le rodeó con los brazos y trató de contenerlo.

»-¡Fritz! ¡Fritz! -gritó. Y en inglés le dijo-: Recuerda lo que prometiste la última vez. Dijiste que no volvería a pasar. ¡El no hablará! ¡Te digo que no hablará!

»-¡Estás loca, Elise! -gritó él a su vez, luchando para desprenderse de ella-. Será nuestra ruina. Ha visto demasiado. ¡Déjame pasar, te digo!

»La empujó a un lado y, precipitándose hacia la ventana, me atacó con su pesada arma. Yo había atravesado la ventana y me sujetaba con ambas manos, colgando del alféizar, cuando descargó su golpe. Noté un dolor sordo, mis manos se distendieron y caí al jardín.

»Me sentí conmocionado pero no lesionado por la caída, de modo que me levanté y eché a correr con todas mis fuerzas a través de los matorrales, pues comprendía que todavía distaba mucho de poder considerarme fuera de peligro. Sin embargo, mientras corría me invadió de pronto una violenta sensación de mareo, acompañada de náuseas. Miré mi mano, que experimentaba dolorosas pulsaciones, y vi entonces, por primera vez, que mi pulgar había sido seccionado y que la sangre brotaba de mi herida. Me las arreglé para atar mi pañuelo a su alrededor, pero noté un repentino zumbido en mis oídos y un momento después yacía entre los rosales, víctima de un profundo desmayo.

»No me es posible decir cuánto tiempo permanecí inconsciente. Debió de ser mucho tiempo, pues al volver en mí la luna se había puesto y despuntaba ya una radiante mañana. Mis ropas estaban empapadas por el rocío y la manga de mi chaqueta manchada por la sangre procedente de mi pulgar amputado. El dolor que sentía en la herida me recordó en un instante todos los detalles de mi aventura nocturna, y me puse en pie con la sensación de que muy difícilmente podía estar a salvo de mis perseguidores. Pero, con gran asombro por mi parte, cuando me decidí a mirar a mi alrededor, no había ni casa ni jardín a la vista. Había estado tumbado junto a un seto próximo a la carretera; un poco más abajo había un edificio de construcción baja y alargada que, al aproximarme, resultó ser la misma estación a la que yo había llegado la noche anterior. De no ser por la fea herida en mi mano, todo lo ocurrido durante aquellas terribles horas bien hubiera podido ser una pesadilla.

»Medio aturdido, entré en la estación y pregunte por el tren de la mañana. Habría uno con destino a Reading antes de una hora. Observé que estaba de servicio el mismo mozo de estación al que vi cuando llegué yo, y le pregunté si había oído hablar del coronel Lysander Stark. El nombre le era desconocido. ¿No había observado, la noche antes, un carruaje que me estaba esperando? No, no lo había visto. ¿Había un puesto de policía cerca de allí? Había uno, a unas tres millas de distancia.

»Era demasiado trecho para mí, débil y enfermo como me sentía. Decidí esperar hasta volver a la ciudad antes de contarle mi historia a la policía. Eran poco más de las seis cuando llegué, de modo que lo primero que hice fue pedir que me curasen la herida y después el doctor ha tenido la amabilidad de traerme aquí. Pongo el caso en sus manos y haré exactamente lo que usted me aconseje.

Los dos permanecimos sentados y en silencio un buen rato, después de oír su extraordinaria narración. Finalmente, Sherlock Holmes extrajo de la estantería uno de los gruesos libros de aspecto corriente en los que colocaba sus recortes.

-Hay aquí un anuncio que le interesará -dijo-. Apareció en todos los periódicos hace cosa de un año. Escuche esto: «Desaparecido, a partir del nueve del corriente, Jeremiah Haydling, de veintiséis años, ingeniero de obras hidráulicas. Salió de su domicilio a las diez de la noche y desde entonces no se ha sabido de él. Vestía... » ¡Ajá! Esto indica la última vez, sospecho, que el coronel necesitó reparar su máquina.

-¡Cielos! -exclamó el paciente-. Entonces, esto explica lo que dijo la joven.

-Indudablemente. Está bien claro que el coronel es un hombre frío y desesperado, absolutamente decidido a que nada le obstaculice el camino en su juego, como aquellos piratas encallecidos que no dejaban ningún superviviente en el barco que capturaban. Bien, ahora cada momento es precioso, por lo que, si usted se siente con fuerzas para ello, iremos en seguida a Scotland Yard como preliminar a nuestra visita a Eyford.

Unas tres horas después nos encontrábamos todos en el tren, en el trayecto desde Reading hasta el pueblecillo de Berkshire. Éramos Sherlock Holmes, el ingeniero de obras hidráulicas, el inspector Bradstreet de Scotland Yard, un agente de paisano y yo. Bradstreet había desplegado un mapa del condado sobre el asiento y con un compás se dedicaba a trazar un círculo con Eyford como centro.

-Ya ven ustedes -dijo-. Este círculo ha sido trazado con un radio de diez millas respecto al pueblo. El lugar que nos interesa debe de estar próximo a esta línea. ¿Dijo diez millas, verdad, señor?

-Fue una hora de trayecto bien larga.

-¿Y usted cree que le llevaron de nuevo al punto de partida, cuando estaba inconsciente? -Tuvieron que hacerlo. Tengo también el confuso recuerdo de haber sido levantado y conducido a alguna parte.

-Lo que no logro comprender -dije yo- es por qué le respetaron la vida cuando lo encontraron desmayado en el jardín. Tal vez el villano se ablandó ante las súplicas de la mujer.

-Esto no me parece nada probable. En toda mi vida he visto un rostro más inexorable.

-Muy pronto aclararemos todo esto -aseguró Bradstreet-. Bien, yo he dibujado mi circulo, y lo único que desearía saber es en qué punto se puede encontrar a la gente que andamos buscando.

-Creo que yo podría señalarlo -manifestó tranquilamente Holmes.

-¿De veras? -exclamó el inspector-. ¿De modo que ya se ha formado su opinión? Vamos a ver quien está de acuerdo con usted. Yo digo que está al sur, pues la campiña allí está más solitaria.

-Y yo digo al este -aventuró mi paciente.

-Yo me inclino por el oeste -observó el agente de paisano-. Hay allí unos cuantos pueblecillos muy tranquilos.

-Y yo por el norte -declaré-, porque allí no hay colinas y nuestro amigo asegura que no notó que el coche subiera ninguna cuesta.

-¡Vaya diversidad de opiniones! -exclamó el inspector, riéndose-. Entre todos hemos agotado las posibilidades del compás. ¿Y usted, a quien concede su voto decisorio?

-Todos ustedes están equivocados -afirmó Holmes.

-¡Es imposible que lo estemos todos!

-Ya lo creo que sí. Este es mi punto. -Puso el dedo en el centro del círculo-. Aquí es donde los encontraremos.

-Pero ¿y el trayecto de doce millas? -dijo Hatherley estupefacto.

-Seis de ida y seis de vuelta. Nada puede ser más simple. Antes ha dicho que, al subir usted al carruaje, observó que el caballo estaba tranquilo y tenía el pelo reluciente. ¿Cómo se explicaría esto, tras un recorrido de doce millas por caminos intransitables?

-Desde luego, es un truco que no deja de ser probable -observó Bradstreet pensativo-. De lo que no puede haber duda es acerca de la naturaleza de esta pandilla.

-Ni la menor duda -dijo Holmes-. Son falsificadores de moneda a gran escala que utilizan la máquina para prensar la aleación que sustituye la plata.

-Sabíamos desde hace tiempo que actuaba una banda bien organizada -explicó el inspector-. Han estado acuñando monedas de media corona a millares. Incluso les seguimos la pista hasta Reading, pero no nos fue posible llegar más lejos, pues habían disimulado sus huellas de una manera que indicaba su gran veteranía. Pero ahora, gracias a esta afortunada oportunidad, creo que los tenemos bien atrapados.

Pero el inspector se equivocaba, pues aquellos criminales no tenían como destino el de caer en manos de la policía. Al entrar el tren en la estación de Eyford, vimos una gigantesca columna de humo que ascendía por detrás de una pequeña arboleda cercana y se cernía sobre el paisaje como una inmensa pluma de avestruz.

-¿Una casa incendiada? -preguntó Bradstreet, mientras el tren proseguía su camino.

-Sí, señor -contestó el jefe de estación.

-¿Cuándo se ha producido?

-He oído decir que ha sido durante la noche, pero ha ido en aumento y todo el lugar es una hoguera.

-¿De quién es la casa?

-Del doctor Beecher.

-Dígame -intervino el ingeniero-, ¿el doctor Beecher es alemán, un hombre muy delgado y con una nariz larga y ganchuda?

El jefe de estación se rió con ganas.

-No, señor. El doctor Beecher es inglés y no hay hombre en toda la parroquia que tenga mejor relleno bajo el chaleco. Pero vive en su casa un señor, un paciente según tengo entendido, que es extranjero y que da la impresión de que le convendría un buen bisté del Berkshire.

No había terminado su explicación el jefe de estación cuando ya nos dirigíamos todos, presurosos, hacia el fuego. La carretera ascendía a lo alto de una colina y apareció ante nosotros un gran edificio de paredes encaladas del que brotaban llamas por todas las ventanas y aberturas, mientras en el jardín anterior tres coches de bomberos trataban en vano de sofocar el incendio.

-¡Es aquí! -gritó Hatherley muy excitado-. Allí está el camino de entrada, y allá los rosales donde yacía yo. Aquella segunda ventana es la que utilicé para saltar.

-Al menos -dijo Holmes- se vengó usted de ellos. No cabe la menor duda de que fue su lámpara de aceite la que, al ser aplastada por la prensa, prendió fuego a las paredes de madera, aunque tampoco cabe duda de que estaban demasiado excitados persiguiéndole a usted, para darse cuenta de ello en aquel momento. Y ahora mantenga los ojos bien abiertos y busque, entre esta multitud, a sus amigos de anoche, aunque mucho me temo que en estos momentos se encontrarán a un buen centenar de millas de distancia.

Los temores de Holmes se hicieron realidad, pues hasta el momento no se ha oído ni una sola palabra de la hermosa mujer, el siniestro alemán o el huraño inglés. Aquella mañana, a primera hora, un campesino había visto un carruaje en el que viajaban varias personas y que transportaba unas cajas muy voluminosas, dirigirse con rapidez hacia Reading, pero allí desaparecía toda traza de los fugitivos, y ni siquiera el ingenio de Holmes fue capaz de averiguar la menor pista de su paradero.

Los bomberos se habían sentido muy desconcertados ante la extraña disposición del interior de la casa, y todavía más por el descubrimiento de un dedo pulgar humano, recientemente amputado, en el alféizar de una ventana del segundo piso. Al atardecer, sin embargo, sus esfuerzos se vieron por fin recompensados y lograron sofocar las llamas, pero no antes de que se hubiera derrumbado el techado y de que todo el lugar hubiera quedado reducido a una ruina tan absoluta que, con la excepción de unos cilindros y unos tubos metálicos retorcidos, no quedaba ni el menor vestigio de la maquinaria que tan cara le había costado a nuestro infortunado amigo. Se descubrieron grandes cantidades de níquel y estaño en un edificio exterior, pero no se encontraron monedas, lo que tal vez explicara la presencia de aquellas voluminosas cajas que ya han sido citadas.

De cómo había sido trasladado nuestro ingeniero especializado en hidráulica desde el jardín hasta el lugar donde volvió en si, tal vez se hubiera mantenido como un misterio para siempre a no ser por el blando musgo que nos contó una versión bien sencilla. Era evidente que lo habían transportado dos personas, una de las cuales tenía unos pies notablemente pequeños y la otra unos pies extraordinariamente grandes. En resumidas cuentas, era lo más probable que el silencioso inglés, menos osado o menos sanguinario que su compañero, hubiera ayudado a la mujer a transportar al hombre inconsciente hasta un lugar menos comprometido para ellos.

-Bien -dijo nuestro ingeniero con una sonrisa forzada, al ocupar nuestros asientos para regresar a Londres-, ¡yo sí que he hecho un buen negocio! He perdido mi dedo pulgar y también unos honorarios de cincuenta guineas. ¿Y qué he ganado?

-Experiencia -repuso Holmes, riéndose-. Indirectamente, sepa que puede resultarle valiosa. Le basta con traducirla en palabras para conseguir la reputación de ser un excelente conversador durante el resto de su existencia.




Basil Rathbone, actor de origen Británico que encarnó a Sherlock Holmes en 14 películas.


Link a la fuente de donde tomé el relato:


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domingo, 23 de noviembre de 2014

Hazañas de la Memoria que cualquiera puede realizar. Joshua Foer.



Joshua Foer es un periodista freelance (Septiembre 23 de 1982) norteamericano especializado en artículos científicos y de divulgación, a raíz de una nota que realizó sobre el Campeonato de la Memoria que se realiza en EEUU (como en muchos otros países) tomó contacto con la Mnemotecnia y se fue introduciendo más y más en esta fascinante disciplina.

Tal fue la dedicación y pasión que le despertó que terminó el mismo -posteriormente- ganando el concurso, es el autor del libro "Caminando en la luna con Einstein: El Arte y la Ciencia de Recordar Todo".

Esta charla que hoy comparto con ustedes la dio en Febrero de 2012. En el video desarrolla los fundamentos básicos del Arte de la Mnemotecnia y en particular aborda el famoso "Palacio Mental" o "Mind Palace" tan digamos "de moda" en esta época a raíz de series como Sherlock o The Mentalist (dos series cuyos protagonistas hacen alusiones directas al tema).

En el futuro planeo hacer una entrada más detallada sobre esta antiquísima y poderosa técnica, subo de momento esta conferencia porque es clara, didáctica y será del agrado de quienes leen habitualmente este Blog.



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miércoles, 19 de noviembre de 2014

El Misterio del Valle Boscombe. Sherlock Holmes. Arthur Conan Doyle.

Hoy comparto otro de los clásicos cuentos de Las Aventuras de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, en este caso "El misterio del Valle Boscombe".

No es este uno de los cuentos que mejor permitan ponernos en la piel del genial detective y tratar de resolver el crimen junto a él, de todos modos es un cuento interesante y quise compartirlo ...

Espero disfruten de una nueva aventura del genial detective !!!





El misterio del valle Boscombe


Mi esposa y yo estábamos una mañana desayunando, cuando la doncella trajo un telegrama. Era de Sherlock Holmes y decía lo siguiente:

"¿Puede usted disponer de un par de días? Acaban de telegrafiarme del oeste de Inglaterra, en relación con la tragedia del valle de Boscombe. Me alegraría mucho que me acompañara. Aire y paisaje perfectos. Salgo de Paddington en el tren de las 11:15."

-¿Qué dices, queridito? -interrogó mi esposa mirándome con dulzura-. ¿Vas a ir?

-Realmente, no sé qué hacer. Tengo mucho trabajo por el momento...

-¡Oh!, Anstruther puede hacerlo por ti. Te has puesto un poco pálido últimamente. Creo que el cambio te haría mucho bien. Además, siempre estás muy interesado en los casos del señor Sherlock Holmes.

-Sería un ingrato si no estuviera, pues he ganado bastante a través de uno de ellos -contesté-. Pero si voy a acompañarlo debo apresurarme a empacar, ya que sólo dispongo de media hora.

Mi experiencia en los campamentos de Afganistán había tenido el efecto de hacerme un viajero hábil y rápido. Mis necesidades eran escasas y simples, así es que en menos del tiempo que tardo en contarlo me encontraba instalado en un coche, ya con mi valija lista, y en camino de la estación Paddington. Allí, Sherlock Holmes daba vueltas de un lado a otro del andén. Su figura alta y delgada parecía aún más alta y más delgada embutida en su gran capote gris, de viaje.

-Ha sido muy amable de su parte el venir, Watson -me dijo-. Es una gran cosa para mí tener alguien con quien poder contar completamente. La ayuda local es casi siempre deficiente e indigna. Si usted tiene la bondad de reservar esos asientos del rincón, yo compraré los boletos.

El coche del ferrocarril estaba exclusivamente a nuestra disposición, excepción hecha de una cantidad inmensa de periódicos y papeles que Holmes había traído consigo. Se dedicó a hojear y leer trozos de ellos, con intervalos dedicados a la meditación y al registro de apuntes, hasta que pasamos Reading. Entonces, repentinamente, enrolló todos los papeles en una bola gigantesca y los subió a la rejilla del equipaje.

-¿Ha oído usted algo sobre el caso? -me preguntó.

-Ni una palabra. Hace varios días que no leo un periódico.

-La prensa de Londres no trae un relato muy completo. He estado leyendo todos los periódicos recientes para obtener detalles sobre el particular. Parece, de lo que he logrado saber, que es uno de esos casos simples en que, por esa razón, todo resulta extremadamente difícil.

-Eso suena un poco paradójico.

-Pero, no obstante, es cierto. Lo extraordinario es casi siempre una pista. Cuanto más vulgar y común sea un crimen más difícil resulta solucionarlo. En este caso, sin embargo, todas las pruebas están en contra del hijo del asesinado.

-¡Oh! ¿Entonces se trata de un crimen?

-Bueno, se supone que lo es. No voy a aceptar nada como cierto, hasta que haya tenido la oportunidad de examinar personalmente los hechos. En unas cuantas palabras le explicaré el estado que guardan las cosas, hasta donde he podido comprenderlas.

"El valle de Boscombe es un distrito rural no muy lejos de Ross, en Herefordshire. El más grande terrateniente de la región es un tal señor John Turner, el cual amasó su fortuna en Australia y regresó hace algunos años a su patria. Una de las granjas de las que es propietario, conocida como Hatherley, la tenía en explotación un tal Charles McCarthy, quien también estuvo en Australia. Los dos hombres se habían conocido en las colonias, de modo que cuando vinieron a instalarse aquí no es de extrañar que hubieran decidido estar tan cerca como era posible. Turner era, aparentemente, mucho más rico, así es que McCarthy se convirtió en su arrendatario, aunque su amistad, según parece, continuó en términos de perfecta igualdad y se les veía juntos con bastante frecuencia. McCarthy tenía sólo un hijo, muchacho de dieciocho años, mientras que la unigénita de Turner era una muchacha de la misma edad. Los dos hombres eran viudos. Parece que evitaban el contacto con las familias inglesas de los alrededores y vivían de modo aislado, aunque los dos McCarthy eran muy aficionados a los deportes y con frecuencia asistían a las carreras de caballos de la localidad. McCarthy tenía dos criados: un hombre y una muchacha. Turner se valía de una servidumbre considerable, compuesta de cuando menos seis personas. Esto es todo lo que he podido averiguar acerca de las dos familias. Ahora, observemos los acontecimientos:

"El 3 de junio, o sea el lunes pasado, McCarthy salió de su casa, en Hatherley, aproximadamente a las tres de la tarde, y caminó hacia el estanque Boscombe, que es un pequeño lago formado por el ensanchamiento del río que atraviesa el valle de Boscombe. Esa mañana había ido con su criado a Ross, y le dijo que deberían apresurarse, pues a las tres tenía una cita de importancia. Fue de esa cita de donde no volvió vivo.

"De la casa de Hatherley, en donde vivía McCarthy, al estanque de Boscombe hay un cuarto de milla, y dos personas lo vieron encaminarse en dirección de la pequeña laguna. Una de ellas fue una anciana cuyo nombre no se ha mencionado, y la otra, William Crowder, un guardabosque al servicio del señor Turner. Tanto un testigo como el otro aseguran que el señor McCarthy iba solo. El guardabosque dice que a los pocos minutos de ver pasar al señor McCarthy, se encontró con su hijo, James McCarthy, que iba en la misma dirección y llevaba un rifle bajo el brazo. En su opinión, el padre se encontraba todavía a la vista y parecía ser seguido por el hijo. Sin embargo, no volvió a pensar en el asunto hasta que se enteró de la tragedia ocurrida.

"Los dos McCarthy fueron vistos después de que William Crowder, el guardabosque, los perdió de vista. El estanque de Boscombe está rodeado por espesos bosques, con sólo una franja de césped y juncos en sus orillas. Una chiquilla de catorce años, Patience Moran, hija del encargado de las cabañas para los cazadores, que hay en el valle, se hallaba en un bosque cercano al estanque, recogiendo flores. Asegura que mientras se encontraba allí vio en las afueras del bosque, cerca del estanque, al señor McCarthy y a su hijo, quienes parecían estar enfrascados en una violenta discusión. Oyó al señor McCarthy usar un lenguaje grosero con su hijo y vio a éste levantar la mano como si quisiera golpear al viejo. Se asustó tanto por la violencia de la escena que echó a correr, y al llegar a su casa le dijo a su madre que había visto a los dos McCarthy peleando cerca del estanque de Boscombe y que temía que fueran a terminar a golpes. Apenas acababa de decir eso, cuando el joven McCarthy llegó corriendo para manifestar que había encontrado a su padre muerto en el bosque, y para solicitar la ayuda del cuidador de las casitas. Estaba muy excitado, venía sin rifle y sin sombrero y las personas que lo vieron observaron que llevaba la mano y la manga derecha manchadas de sangre. Al seguirlo, encontraron el cadáver tendido sobre el césped, a un lado del estanque. La cabeza había sido deshecha a golpes con un instrumento pesado y obtuso. Las lesiones parecían haber sido hechas con la culata del rifle de su hijo, que fue encontrado a unos cuantos pasos del cadáver. Bajo estas circunstancias, el joven fue inmediatamente arrestado. Durante el juicio preliminar se le declaró culpable de homicidio. Esto sucedió el martes. El miércoles fue presentado ante los magistrados de Ross, los cuales han pasado el caso a las autoridades inmediatas. Estos son los hechos principales del misterio que nos ocupa, tal como se han publicado en los periódicos."

-Difícilmente puedo imaginar un caso más endemoniadamente claro. Si alguna vez la evidencia circunstancial ha señalado a un criminal, es a este muchacho.

-La evidencia circunstancial es una cosa muy engañosa -contestó Holmes pensativo-. Parece señalar en forma objetiva hacia una cosa, pero si usted desvía un poco su propio punto de vista, puede encontrar que señala, de un modo igualmente determinado, hacia otra cosa por completo diferente. Debo confesar, sin embargo, que la situación del joven me parece terriblemente comprometedora y es muy posible que sea el culpable. No obstante, hay personas en los alrededores, y entre ellas la señorita Turner, hija del poderoso terrateniente de la localidad, que creen en su inocencia y han recurrido a Lestrade -a quien usted quizá recuerde en relación con el Estudio en escarlata- para que resuelva el misterio por su cuenta. Lestrade, que se encuentra desconcertado, ha apelado a mí. De ahí que dos caballeros de edad madura vuelen hacia el oeste a cincuenta millas por hora, en lugar de estar en su casa digiriendo tranquilamente el desayuno.

-Me temo que los hechos son tan obvios que le parecerá a usted que obtiene muy poco crédito al resolver un caso así.

-No hay nada más engañoso que lo obvio -contestó echándose a reír-. Además, quizás encontremos otros hechos obvios que no le han parecido así al señor Lestrade. Usted me conoce demasiado bien para considerarme vanidoso si digo que confirmaré o destruiré la teoría del señor Lestrade, valiéndome de medios que él es incapaz de emplear o de entender. Para tomar el primer ejemplo que tengo a mano, le diré que percibo muy claramente que en la alcoba de usted la ventana está del lado derecho. Sin embargo, dudo mucho que el señor Lestrade hubiera notado una cosa tan evidente.

-Pero, ¿cómo demonios...?

-Mi querido amigo, lo conozco a usted bastante bien. Conozco muy bien la limpieza militar que lo caracteriza. Se afeita todas las mañanas y, en esta época del año, lo hace valiéndose de la luz del día. Pero como noto que su afeitada es menos cuidadosa a medida que su rostro se extiende hacia la izquierda, hasta convertirse en positivamente descuidada al llegar a la mandíbula, me resulta muy claro que esa parte de su habitación está menos iluminada que la otra. No podría imaginarme a un hombre de sus hábitos, examinándose bajo una luz directa y completa y considerándose satisfecho con ese resultado. Sólo le digo esto como un ejemplo trivial de la observación y la deducción. En eso estriba mi métier y es posible que nos sea de alguna utilidad en la investigación a la que vamos a consagrarnos. Hay uno o dos puntos menores que salieron a relucir durante el juicio preliminar, y son muy dignos de ser tomados en consideración.

-¿Y cuáles son?

-Parece que su arresto no se llevó a cabo de inmediato, sino después del retorno a la granja Hatherley. Cuando el inspector de policía local le dijo que se considerara preso, comentó que eso no le sorprendía, pues no era más que recibir su merecido. Esta observación produjo el efecto natural de borrar toda señal de duda que pudiera quedar en la mente del jurado.

-Fue una confesión -exclamé.

-No; porque a eso siguió su protesta de inocencia.

-Como remate de toda aquella larga cadena de circunstancias en su contra, ese comentario es por demás sospechoso.

-Al contrario, es el rayo de luz más claro que, por el momento, logro vislumbrar entre las opacas nubes. Por inocente que pueda ser, no resulta creíble que sea tan imbécil como para no darse cuenta de que todas las circunstancias están en su contra. Si hubiera aparentado sorprenderse por su arresto, hubiese fingido indignación, lo consideraría mucho más sospechoso, ya que, aunque la sorpresa y la cólera pueden ser muy naturales bajo estas circunstancias, no es menos cierto que a un hombre culpable le habrían parecido la mejor política a seguir. Su franca aceptación de los hechos lo señala como un hombre inocente o como un individuo de considerable firmeza y control de sí mismo. En cuanto al comentario acerca de que lo merecía, resulta perfectamente lógico si consideramos que se encontraba ante el cadáver de su padre y que no hay la menor duda de que ese día había faltado a sus deberes filiales. Había cruzado duras palabras con su progenitor y, según el importante testimonio de la niña, incluso llegó a levantar su mano con intenciones de pegarle. El arrepentimiento y el autorreproche demostrados por tal conducta me parecen señales de una mente sana y no de un alma culpable.

Yo sacudí la cabeza de un lado a otro, y comenté:

-Muchos hombres han sido colgados con bastante menos evidencia en su contra.

-Así es. Y muchos hombres han sido injustamente colgados por eso.

-¿Qué versión tiene de lo sucedido el propio joven?

-Me temo que no es muy alentadora para quienes tienen fe en él, aunque hay en ella uno o dos puntos sugestivos. Usted mismo puede leer el relato completo.

De entre la pila de periódicos seleccionó un ejemplar de uno de Herefordshire y, dando vuelta a una hoja, señaló el párrafo que contenía la declaración del infortunado joven en relación a lo sucedido. Me instalé en un rincón del asiento y lo leí cuidadosamente. Decía lo siguiente:

El señor James McCarthy, hijo único del desaparecido, fue entonces llamado a declarar, y explicó lo que sigue: Tenía tres días de estar ausente de casa, en Bristol, y acababa de llegar. Era la mañana del pasado lunes, día 3. Mi padre no estaba en casa cuando llegué y la doncella me informó que había ido a Ross con John Cobb, el criado. Poco después de mi regreso oí las ruedas de su carruaje en el patio y, al asomarme por la ventana, lo vi bajar y salir rápidamente, aunque no me di cuenta de qué dirección tomaba. Entonces cogí mi rifle y caminé en dirección del estanque Boscombe, con intención de ir a cazar conejos en los bosques cercanos. En el camino vi a William Crowder, el guardabosque, como él ha atestiguado; pero está equivocado al pensar que iba siguiendo a mi padre. Yo no tenía la más leve idea de que él iba adelante de mí. Aproximadamente a cien metros del estanque oí un grito de "¡Cuuui!", que era una señal especial que usábamos papá y yo. Corrí y lo encontré cerca del estanque, de pie. Pareció sorprenderse mucho de verme y me preguntó con cierta brusquedad qué estaba haciendo allí. Su actitud provocó una discusión que nos llevó a usar palabras muy duras y casi a terminar a golpes, pues mi padre era un hombre de genio muy vivo. Al ver que su furia se estaba volviendo incontrolable, me marché y empecé a caminar en dirección de Hatherley. No había avanzado más de ciento cincuenta metros, cuando oí un grito espantoso a mis espaldas, lo que me hizo regresar corriendo. Encontré a mi padre en el suelo, agonizando, con heridas terribles en la cabeza. Dejé caer mi rifle y lo tomé en mis brazos, pero casi inmediatamente expiró. Permanecí arrodillado a su lado varios minutos y luego me dirigí hacia la casa del cuidador de las cabañas, para pedir ayuda. No vi a nadie cerca de mi padre cuando volví a su lado y no tengo idea de quién pueda haberlo matado. No era un hombre popular, debido a la frialdad y altivez de su carácter, pero, hasta donde yo sé, no tenía ningún enemigo declarado. No sé nada más respecto a este asunto.

El fiscal: ¿Hizo su padre alguna declaración antes de morir?

Testigo: Murmuró algunas palabras, pero sólo pude entender una alusión respecto a una rata.

El fiscal: ¿Qué cree usted con eso?

Testigo: No le encuentro ningún significado. Supongo que estaba delirando.

El fiscal: ¿Sobre qué cosa tuvieron usted y su padre esa discusión final?

Testigo: Preferiría no contestar.

El fiscal: Me veo obligado a insistir al respecto.

Testigo: Me es realmente imposible decírselo, pero puedo asegurarle que no tuvo ninguna relación con la tragedia que ocurrió después.

El fiscal: Eso toca decidirlo a la corte. No necesito hacerle notar que su negativa a contestar pesará considerablemente en su contra en todos los procedimientos que surjan en el futuro.

Testigo: A pesar de eso debo seguir negándome a contestar.

El fiscal: Tengo entendido que ese grito de "¡Cuuui!" era una señal entre su padre y usted, ¿no?

Testigo: Así era.

El fiscal: ¿Cómo se explica, entonces, que lo lanzara antes de verlo y antes siquiera de saber que había usted vuelto de Bristol?

Testigo (con manifiesta confusión): No lo sé.

Un miembro del jurado: ¿No vio usted nada que provocara sus sospechas cuando volvió, al escuchar el grito, y encontró moribundo a su padre?

Testigo: Nada definido.

El fiscal: ¿Qué quiere decir con eso?

Testigo: Estaba tan alterado y tan emocionado cuando eché a correr, que no pude pensar en otra cosa que no fuera mi padre. Sin embargo, tengo una vaga impresión de haber visto algo sobre el suelo, a mi izquierda. Me pareció algo de color gris: un abrigo, quizás un capote. Cuando me levanté, después de haber estado inclinado sobre mi padre, y busqué a mi alrededor, había desaparecido.

-¿Quiere decir que desapareció antes de que fuera usted a buscar ayuda?

-Sí, ya no estaba.

-¿No puede decir qué era?

-No; tuve sólo la impresión de que había algo allí.

-¿A qué distancia del cuerpo?

-Aproximadamente, a doce metros.

-¿Y a qué distancia de la orilla del estanque?

-Aproximadamente a la misma.

-Entonces, si fue quitado aquel objeto de allí, eso sucedió a sólo doce metros de usted.

-Sí, pero estaba con la espalda vuelta hacia allá.

Así concluyó el interrogatorio del testigo.

-Ya veo -comenté terminando la lectura- que el fiscal, en sus últimas preguntas, se muestra bastante severo con el joven McCarthy. Hace notar, con toda razón, la discrepancia que existe en que su padre haya hecho la señal convenida entre ellos antes de haberlo visto. También pone de relieve su negativa para dar detalles sobre la conversación que sostuvieron, y su singular relato sobre las últimas palabras de la víctima. Todo esto pesa, como hace notar, en contra del hijo.

Holmes se echó a reír suavemente y se estiró sobre el asiento acojinado.

-Tanto usted como el fiscal se esfuerzan en tratar de manejar a su antojo los puntos más fuertes en favor del muchacho. ¿No se da cuenta de que lo acusan al mismo tiempo de tener exceso y falta de imaginación? Falta, porque no pudo inventar un motivo de discusión que le granjeara las simpatías del jurado; exceso, como para inventar algo tan outré como la agonizante referencia a una rata, y el incidente de la prenda desaparecida. No, señor, investigaré este caso desde el punto de vista de que lo que este joven dice es cierto, y veremos a dónde nos conduce esta hipótesis. Y ahora voy a enfrascarme en mi Petrarca de bolsillo. No diremos una sola palabra más hasta que nos encontremos en la escena del crimen. Almorzaremos en Swindon, adonde creo que llegaremos dentro de veinte minutos.

Eran casi las cuatro de la tarde cuando por fin, después de atravesar el hermoso valle del Stround y pasar sobre el ancho y brillante Severna, nos encontramos en la simpática población rural de Ross. Un hombre alto, de constitución y facciones férreas y de aspecto desconfiado y tímido, nos esperaba en el andén. A pesar del saco ligero, color marrón claro, y de las guardapiernas de piel que llevaba puestas en deferencia a aquel medio rústico, no me fue difícil reconocer en él al famoso detective Lestrade, de Scotland Yard. Con él nos dirigimos hacia los Departamentos Hereford, en donde nos había reservado una habitación.

-He ordenado un carruaje para esta tarde -dijo Lestrade mientras tomábamos una taza de té-. Conozco su carácter activo y comprendo que no estará contento hasta que haya visitado la escena del crimen.

-Fue muy amable de su parte -contestó Holmes-. Pero todo es cuestión de lo que diga el barómetro sobre la presión atmosférica.

Lestrade lo miró lleno de asombro.

-No le comprendo.

-¿Cómo está el barómetro? Veintinueve, ya veo. No hay viento ni se ve una sola nube en el cielo. Tengo una cajetilla llena de cigarrillos, que me están invitando a que los fume. El sofá es muy superior a esos muebles abominables que hay en la mayoría de los hoteles. Por todo ello no creo muy probable que use el carruaje esta noche.

Lestrade se echó a reír, indulgentemente, y dijo:

-Sin duda alguna, usted se ha formado ya sus opiniones muy personales con lo que ha leído en los periódicos. El caso es claro como la luz del día. Desde luego, no se puede negar la ayuda a una dama, sobre todo cuando insiste tanto como la señorita que ha recurrido a nosotros. Ha oído hablar de usted y desea su opinión, aunque le he dicho repetidamente que usted no puede hacer más de lo que ya he hecho yo mismo. ¡Vaya, bendito sea el cielo! Hablando de ella y llega su carruaje.

No había terminado de hablar, cuando ya se encontraba en la habitación una de las jóvenes más lindas que he visto en mi vida. Sus ojos color violeta brillaban intensamente, sus labios estaban entreabiertos y el rubor teñía sus mejillas. Se notaba que la terrible preocupación que la embargaba le había hecho perder toda reserva.

-¡Oh, señor Sherlock Holmes! -gritó mirando de mi amigo a mí. Finalmente, con rápida intuición femenina, se dirigió a mi compañero-. ¡Me alegra tanto el verlo aquí! He venido al pueblo para decírselo. Sé que James no lo hizo. Lo sé y quiero que empiece a trabajar sabiéndolo usted también. No se permita la menor duda al respecto. James y yo nos conocemos desde niños y conozco sus defectos como nadie; pero es demasiado bondadoso de corazón para hacerle daño incluso a una mosca. La acusación que le hacen es absurda para todo aquel que lo conoce realmente.

-Espero que podamos poner de relieve su inocencia, señorita Turner -dijo Sherlock Holmes-. Puede usted confiar en que haré todo lo que esté de mi parte.

-Pero... usted ha leído la evidencia. ¿Ha sacado alguna conclusión de ella? ¿No nota algún punto que pudiera favorecer a James? ¿Cree usted que sea inocente?

-Me parece que es lo más probable.

-¿Lo ve usted? -gritó echando hacia atrás su cabeza y mirando con expresión desafiante a Lestrade-. ¡Ya lo oye! Me da esperanzas.

-Me temo que mi colega ha sido un poco precipitado al formar sus conclusiones -comentó Lestrade encogiéndose de hombros.

-Pero está en lo cierto. ¡Oh, yo sé que está en lo cierto! James no hizo eso. Y en cuanto a la pelea con su padre, estoy segura de que la razón de que se niegue a hablar de ella es que se relaciona conmigo.

-¿En qué forma? -preguntó Holmes.

-Bueno, no es momento para ocultar nada. James y su padre habían tenido muchos disgustos respecto a mí. El señor McCarthy estaba muy interesado en que nos casáramos. James y yo siempre nos hemos querido como hermanos, pero, desde luego, él es joven y ha visto muy poco de la vida aún, y... y... bueno, naturalmente no quería hacer con precipitación una cosa tan seria como ésa. Así que hubo discusiones, pleitos y... bueno, estoy segura de que este altercado era por la misma causa.

-¿Y su padre estaba en favor de esa unión? -preguntó Holmes.

-No; se oponía a ella. Nadie más que el señor McCarthy estaba en su favor -un rápido rubor invadió las frescas mejillas de la joven cuando Sherlock Holmes le dirigió una de sus agudas miradas.

-Gracias por esta información -le dijo-. ¿Podría ver a su padre si lo visito mañana?

-Me temo que el doctor no lo permitirá.

-¿El doctor?

-Sí. ¿No se ha enterado usted? El pobre papá no ha estado muy bien de salud en los últimos años, y esto lo ha destrozado completamente. Ha tenido que guardar cama y el doctor Willows dice que su condición es muy delicada y que su sistema nervioso ha sufrido un terrible sacudimiento. El señor McCarthy era el único hombre de esta región que conoció a papá en su juventud, cuando vivía en Victoria.

-¡Ah! ¡En Victoria! Eso es importante.

-Sí, en las minas.

-Comprendo... en las minas de oro donde, según tengo entendido, el señor Turner hizo su fortuna.

-Sí, es cierto.

-Muchas gracias, señorita Turner. Me ha sido usted extremadamente valiosa como colaboradora.

-Mañana me dirá si ha logrado algo, ¿no? Probablemente irá a la prisión a ver a James, ¿verdad? Si lo hace, señor Holmes, suplico le diga que yo creo en su inocencia y tengo fe en él.

-Lo haré con mucho gusto, señorita Turner.

-Ahora debo volver a casa, pues papá está muy enfermo e insiste en que no lo deje solo. Adiós y que el Señor lo ayude en su empresa.

Salió corriendo de la habitación, tan impulsivamente como había entrado en ella, y pocos instantes después oíamos las ruedas de su carruaje alejándose escandalosamente.

-Estoy avergonzado de usted, Holmes -dijo Lestrade con dignidad, después de algunos minutos de silencio-. ¿Por qué incita esperanzas que va usted a defraudar más tarde? Yo no soy muy tierno de corazón que se diga, pero a eso que hizo usted le llamo una terrible crueldad.

-Creo que ahora sé que estoy en posibilidad de probar la inocencia de James McCarthy. ¿Tiene usted una orden para que podamos verlo en la prisión? -preguntó.

-Sí, pero sólo para usted y para mí.

-Entonces, reconsideraré mi resolución. Creo que saldré esta tarde. ¿Tendremos tiempo de tomar un tren para Hereford y verlo hoy mismo?

-Tiempo de sobra.

-Pues vamos a hacerlo. Watson, me temo que se va a aburrir, pero sólo estaré ausente un par de horas.

Los acompañé hasta la estación y luego me puse a vagar por las callejuelas del pueblo. Al fin regresé al hotel, donde me tendí sobre un sofá y traté de interesarme en una novela de forro amarillo. Sin embargo, el argumento de la historia era tan aburrido, cuando se le comparaba con el profundo misterio ante el cual nos enfrentábamos, y mi atención vagaba tan tercamente de la ficción a la realidad, que acabé por arrojar el libro al otro lado de la habitación y me consagré a examinar los acontecimientos del día.

Suponiendo que la versión del joven fuera absolutamente verídica, ¿qué cosa demoniaca, qué calamidad imprevista y extraordinaria podía haber ocurrido entre el momento en que se separó de su padre y aquel en el que, atraído por sus gritos, acudió a su lado de nuevo, para encontrarlo moribundo? Era algo terrible, espantoso. ¿Qué podía haber sido? ¿La naturaleza de las lesiones no revelaba nada a mis instintos médicos? Toqué la campanilla y pedí que me trajeran el semanario del condado, que contenía un relato preciso y extenso de la investigación.

En la declaración del cirujano se establecía que el tercio posterior del parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital habían sido destrozados por un fortísimo golpe dado con un instrumento obtuso. Marqué el sitio sobre mi propia cabeza. Era perfectamente claro que aquel golpe sólo podía haber sido asestado a la víctima por atrás. Esto, en cierto grado, estaba en favor del joven acusado, pues se le había visto discutiendo con su padre frente a frente. A pesar de eso, no pesaba demasiado en su favor; resultaba posible que el anciano se hubiera vuelto hacia otro lado cuando su hijo le asestó el golpe mortal. Bueno, valía la pena llamar la atención de Holmes al respecto.

Estaba también la referencia del moribundo a una rata. ¿Qué podía significar? No podía ser delirio. Un hombre que muere de un golpe repentino, difícilmente sufre delirio. No, era más probable que estuviera tratando de explicar a manos de quién había muerto. Pero, ¿qué podía indicar? Me exprimí el cerebro tratando de encontrar alguna explicación.

Entonces pensé en el incidente de la prenda gris que viera el joven McCarthy, y que desapareciera tan misteriosamente. Si lo que decía era verdad, significaba que el asesino, al huir, había dejado caer alguna parte de su vestido, probablemente su gabán, y que tuvo el suficiente valor para volver a rescatarlo, en el instante en que el hijo estaba arrodillado junto a la víctima, de espaldas a él, pero sólo a una docena de pasos. ¡Qué red de misterios e improbabilidades era aquello! No me extrañaba la opinión de Lestrade al respecto, pero, sin embargo, tenía tanta fe en la capacidad de Sherlock Holmes que no podía perder las esperanzas en su creciente convicción de la inocencia del joven McCarthy.

Era ya tarde cuando Sherlock Holmes volvió. Venía solo, pues Lestrade se había quedado en su habitación de un hotel de la ciudad.

-El barómetro sigue muy alto -comentó al sentarse-. Es muy importante que no llueva antes de que podamos observar el terreno. Por otra parte, nos enfrentamos a un hombre demasiado astuto y no quise actuar cuando mi cerebro estaba nublado por el cansancio de un largo viaje. He visto al joven McCarthy.

-¿Y qué supo a través de él?

-Nada.

-¿No pudo arrojar alguna luz sobre el misterio?

-Ninguna. Por un momento me sentí inclinado a pensar que sabía quién lo había hecho y estaba tratando de protegerle. Pero ahora estoy convencido de que se encuentra tan desconcertado como todos los demás. No es un muchacho de aspecto muy inteligente, aunque es guapo y simpático. Y me parece que tiene buen corazón.

-Pero, en cuanto a sus gustos, me parece que no puedo admirarlo si, como sospechamos, se opuso a casarse con una joven tan encantadora como la señorita Turner.

-¡Ah, ésa es una triste historia! El tipo está loco, desesperadamente enamorado de ella; pero hace dos años, cuando era sólo un chiquillo, y antes de que la conociera realmente, pues la joven estuvo en un internado cinco años, fue lo bastante idiota como para caer en las redes de una tabernera de Bristol y casarse con ella en secreto. Nadie sabe una palabra del asunto, mas puede imaginarse lo enloquecedor que le debe haber resultado sentirse presionado para que hiciese lo que él hubiera dado cualquier cosa por hacer, pero sabiendo que era en absoluto imposible. Fue la desesperación natural que debe producir una situación así lo que le hizo levantar las manos hacia su padre, amenazadoramente, cuando, en su última entrevista, éste insistió en su matrimonio con la señorita Turner. Por otra parte, él no tenía medio alguno de subsistencia independiente y su padre, que era un hombre muy duro, lo habría arrojado de la granja si hubiera sabido la verdad. Fue precisamente con esta tabernera con la que pasó los últimos tres días en Bristol. Su padre no sabia en dónde estaba. Fíjese bien en eso, pues es de gran importancia. Sin embargo, la desventura de su arresto ha derivado una ventura, pues la tabernera, al enterarse por los periódicos de que se hallaba metido en un lío serio y a punto de ser ahorcado, se ha vuelto en su contra y le ha escrito diciéndole que estaba casada anteriormente con un hombre que se encuentra en las Bermudas y que, por lo tanto, su matrimonio con ella fue nulo desde el primer momento. Creo que esa noticia ha consolado al joven McCarthy de todo lo que ha sufrido.

-Pero, si es inocente, ¿quién mató al hombre?

-¡Ah! ¿Quién? Quiero llamar su atención muy particularmente sobre dos puntos. Uno es que el hombre asesinado tenía una cita con alguien en el estanque, y que ese alguien no podía haber sido su hijo, ya que éste se encontraba ausente y él no sabía cuándo iba a volver. El segundo es que la víctima lanzó el grito de "¡Cuuui!" antes de que supiera que su hijo había vuelto. Éstos son los puntos básicos de los que depende la solución del caso. Y ahora, hablemos sobre literatura, si tiene la bondad, y dejemos todo este asunto pendiente hasta mañana.

No llovió, como Holmes había predicho, y la mañana siguiente amaneció brillante y sin nubes. A las nueve en punto, Lestrade se presentó con el carruaje y partimos hacia la granja Hatherley y hacia el estanque de Boscombe.

-Hay serias noticias esta mañana -informó Lestrade-. Se dice que el señor Turner, padre de nuestra joven amiga, se ha agravado y que se teme por su vida.

-Supongo que es un hombre anciano -dijo Holmes.

-De poco más o menos sesenta años; pero su salud fue seriamente afectada por la vida en las colonias y desde hace algún tiempo su estado se ha ido empeorando. La muerte de McCarthy tuvo muy mal efecto en él. Habían sido amigos íntimos por años y Turner era, según he sabido, un gran benefactor de McCarthy, pues le concedió las mejores tierras de su región, que forman la granja Hatherley, sin cobrarle nada de renta.

-Hum... eso es muy interesante -comentó Holmes.

-Sí, y lo ayudó de otras mil maneras. Toda la gente de la región habla de las bondades que tuvo para él.

-Comprendo. ¿No les parece un poco singular que este McCarthy, que parece haber tenido muy poco dinero suyo y que estaba asaz endeudado moralmente con Turner, haya insistido en casar a su hijo con la señorita Turner, heredera de la gran fortuna de su padre? ¿Y no les sorprende la confianza que tenía en que la declaración de su hijo era suficiente para obtener la mano de la muchacha, aun a sabiendas de que Turner se oponía a la idea? La hija nos ha dicho todo eso. ¿No deducen nada de ello?

-Otra vez estamos ante las deducciones y las suposiciones -se lamentó Lestrade suspirando con resignación y guiñándome un ojo-. Ya es bastante difícil aceptar los hechos y las realidades, Holmes, para que nos ocupemos de divagaciones y fantasías.

-Tiene mucha razón -asintió Holmes-. Es muy difícil aceptar los hechos, como usted los presenta.

-De cualquier modo, tengo un hecho que parece muy difícil hacerle comprender y aceptar a usted -contestó Lestrade ligeramente acalorado.

-¿Cuál es?

-Que el señor McCarthy, padre, encontró la muerte a manos del señor McCarthy hijo, y que todas las teorías en contrario son simples ilusiones.

-Prefiero las ilusiones cuando son claras, que los hechos concretos cuando resultan oscuros -aseveró Holmes echándose a reír-. Pero, si no me equivoco, esa granja de la izquierda es Hatherley.

-Si, tiene razón.

Se trataba de un edificio amplio, de aspecto confortable. Era una casa de dos pisos, con techo inclinado. Sus paredes de piedra gris presentaban grandes manchones amarillentos de liquen. Las contraventanas cerradas y las chimeneas sin humo daban un aspecto deprimente de abandono y soledad, como si todo el peso de la horrible tragedia hubiera caído sobre el edificio. Una vez que nos encontramos en el interior. Holmes pidió a la criada le mostrara las botas que su amo llevaba en el momento de su muerte, así como unas de su hijo, aunque en este caso no fueran las que usara la tarde de la tragedia. Después de medir las botas desde siete u ocho ángulos diferentes, Holmes pidió que lo llevaran al patio, desde donde todos partimos siguiendo el polvoso sendero que conducía al estanque de Boscombe.

Sherlock Holmes se transformaba en otro hombre cuando se encontraba sobre una pista como ésta. Quienes hubiesen visto solamente al pensador profundo y al lógico de la calle Baker, difícilmente lo habrían reconocido. Su rostro se enrojecía y adquiría una expresión muy seria. Sus cejas se fruncían hasta convertirse en dos espesas líneas negras y sus ojos brillaban como acero bajo de ellas. Llevaba los hombros inclinados, los labios contraídos y las venas de su largo cuello destacaban de la piel como zigzagueantes culebras azulosas. Sus fosas nasales parecían dilatarse como las de un sabueso cuando va olfateando una pista, y su mente estaba tan absolutamente concentrada en el asunto que lo ocupaba que cualquier pregunta o comentario que se le hiciera no era registrado por sus oídos, o en el mejor de los casos sólo provocaba un gruñido de impaciencia como toda respuesta. Rápida y silenciosamente avanzó por el sendero que atravesaba bosquecillos y arboledas hasta internarse en los bosques, ahora espesos y oscuros, que rodeaban el estanque de Boscombe. Era un terreno húmedo y pantanoso, como el de toda esa región, y había señales de muchos pies, tanto en el propio sendero como entre el césped que bordeaba éste a ambos lados. Algunas veces, Holmes echaba a correr; otras, se detenía por largo rato, y hubo un momento en que hizo un pequeño détour hacia la arboleda. Lestrade y yo caminábamos detrás de él: el detective, con expresión indiferente o despreciativa; yo, con el profundo interés derivado de la convicción de que cada una de sus acciones iba dirigida hacia un fin definido.

El estanque de Boscombe, que es una pequeña extensión de agua bordeada por junquillos, está situado en los límites entre la granja Hatherley y el parque privado del rico señor Turner. Más allá de los bosques que se extendían al lado sur del estanque, podíamos ver los remates de las torrecillas rojas que sugerían la esplendidez de la casa del poderoso terrateniente. Del lado del estanque correspondiente a Hatherley, el bosque era muy espeso y había una estrecha cinta de hierba húmeda -de aproximadamente veinte pasos de ancho- entre el sitio en que terminaban los árboles y los junquillos que bordeaban el estanque. Lestrade nos mostró el punto exacto en que fuera encontrado el cadáver. El terreno era tan húmedo que yo podía ver con claridad las huellas que había dejado la caída del hombre asesinado. Holmes, según notaba yo en sus ojos brillantes y su rostro ansioso, podía leer muchas otras cosas en la hierba húmeda y aplastada. Corrió de un lado a otro, como un perro que siguiera la pista de un olor, y de pronto se volvió a Lestrade.

-¿Qué fue usted a hacer al estanque? -preguntó.

-Estuve hurgando el fondo con un rastrillo, pensando que podría encontrar un arma o alguna otra cosa de interés. Pero... ¿cómo diablos supo que...?

-¡Oh! No tengo tiempo de explicar. Ese pie izquierdo de usted, que siempre lleva torcido hacia adentro, se ve por todas partes. Hasta un ciego podría seguirlo. Y allí se desvanece entre los juncos. ¡Oh, qué simple habría sido todo si hubiera llegado yo antes de que pasara esta manada de búfalos de la policía, para borrar lo más interesante! Aquí están las huellas del primer grupo que vino con el encargado de las casitas del bosque, y que borró todas las huellas en dos o tres metros a la redonda del cadáver. Pero aquí hay tres rastros diferentes, de las mismas pisadas -extrajo una lupa y se arrodilló para ver mejor. Empezó a monologar en voz alta, más que a hablar con nosotros-. Éstas son las pisadas del joven McCarthy. Dos veces caminó y una corrió con tanta rapidez que las suelas de sus zapatos están profundamente marcadas, pero los tacones casi no son visibles. Esto apoya su versión de lo sucedido. Corrió al ver a su padre en el suelo. Aquí están las pisadas del viejo McCarthy mientras daba vueltas de un lado a otro. ¿Qué es esto? Es la culata del rifle, apoyada en el suelo mientras el hijo escuchaba. ¿Y esto? ¡Ja, ja! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pisadas! ¡Más pisadas! ¡Punta cuadrada... son botas un poco raras! Vienen, van, vienen de nuevo... desde luego, regresaban en busca de la prenda de vestir. ¿De dónde proceden?

Corrió de un lado a otro, algunas veces perdiendo y otras encontrando la pista, hasta que nos llevó a la orilla del bosque y quedamos bajo la sombra de una gran haya, el árbol más grande allí existente. Holmes rodeó el tronco del árbol hasta colocarse del lado opuesto, se tendió de nuevo en el suelo, con el rostro muy pegado a éste, y lanzó un grito de satisfacción. Por largo tiempo permaneció allí, levantando hojas y ramas secas, guardando en un sobre lo que a mí me pareció simple polvo común, y examinando con la lupa, no sólo el suelo sino hasta la corteza del árbol, a tanta altura como le fue posible alcanzar. Una piedra se encontraba entre el musgo que rodeaba el árbol. Holmes la levantó, la examinó cuidadosamente y la conservó en su poder. Entonces siguió un sendero a través del bosque, hasta llegar al camino principal, en donde las huellas se confundían con muchas otras.

-Ha sido un caso de considerable interés -comentó volviendo a sus modales naturales-. Me imagino que esa casa gris de la derecha debe ser la cabaña del encargado del bosque. Creo que iré a charlar con Moran y probablemente a escribir una nota. Una vez que haga esto, nos iremos a almorzar Pueden irse hacia el coche, yo estaré con ustedes dentro de unos momentos.

Díez minutos después nos encontrábamos otra vez en el interior de nuestro carruaje, en dirección a Ross. Holmes todavía llevaba consigo la piedra que había recogido en el bosque.

-Esto puede interesarle, Lestrade -comentó extendiéndole la piedra-. El asesinato fue cometido con ella.

-No veo ninguna huella.

-No la hay.

-Entonces, ¿cómo sabe que es el arma homicida?

-La hierba crecía bajo ella. Eso significa que tenía poco tiempo de estar allí. No había señales del lugar de donde fue tomada. Además, corresponde con las lesiones y no hay ninguna señal de otra arma.

-¿Y el asesino?

-Es un hombre alto, zurdo, que cojea de la pierna derecha. Usa botas de suela muy gruesa con puntas cuadradas; usa un capote gris, fuma cigarros de la India, con boquilla, y tiene un cortaplumas sin filo. Hay otros muchos indicios, pero creo que éstos le bastarán para encontrarlo.

Lestrade se echó a reír.

-Me temo que sigo siendo un escéptico -dijo-. Todas esas teorías están muy bien, pero vamos a enfrentarnos con un jurado británico de ideas muy realistas.

-Nous verrons contestó Holmes tranquilamente-. Usted siga su propio método y yo seguiré el mío. Estaré ocupado. esta tarde y probablemente volveré a Londres en el tren nocturno.

-¿Va a dejar su caso inconcluso?

-No, perfectamente concluido.

-Pero, ¿el misterio?

-Está resuelto.

-¿Quién es el criminal?

-El caballero a quien he descrito.

-Pero, ¿quién es él?

-Seguramente no le va a ser muy difícil averiguarlo. Éste no es un condado muy populoso.

Lestrade se encogió de hombros, y confesó:

-Soy un hombre práctico y no puedo dedicarme a registrar toda la región buscando un caballero zurdo con una pierna enferma. Me convertiría en el hazmerreír de Scotland Yard.

-Muy bien -dijo Holmes tranquilamente-. No puede negar que le he dado una oportunidad de echar mano al asesino. Hemos llegado a su hotel. Adiós; le escribiré unas líneas antes de marcharme.

Después de dejar a Lestrade en su hotel, nos dirigimos al nuestro, en donde encontramos ya el almuerzo servido. Holmes comió en silencio, sumido en profundos pensamientos. Su rostro tenía una expresión dolorosa, como la de una persona que se encuentra en una posición difícil.

-Venga, Watson, siéntese aquí y déjeme explicarle algo -me invitó cuando retiraron la mesa-. No sé qué hacer y su consejo puede serme muy valioso. Encienda un habano y escúcheme.

-Estoy listo.

-Bueno. Al examinar este caso encontramos dos puntos en el relato del joven McCarthy que nos impresionaron instantáneamente: a usted en su contra y a mí en su favor. Uno era el hecho de que su padre había gritado, antes de verlo, la señal conocida sólo por ellos. El otro era la singular referencia del moribundo a una rata. Según sabemos, murmuró varias palabras, pero eso fue todo lo que su hijo escuchó. Desde este doble punto debe iniciarse nuestra investigación, presumiendo que lo que el muchacho ha dicho sea absolutamente cierto.

-Entonces, ¿qué significó ese grito?

-Bueno, obviamente no podía ser dirigido al hijo. Su hijo, hasta donde él sabía, se hallaba en Bristol. Fue una simple coincidencia que el muchacho lo escuchara. El "¡Cuuui!" estaba destinado a atraer la atención de la persona con quien tenía la cita. Ese grito es peculiarmente australiano y sólo es usado entre los australianos. Por tanto, podemos presumir que la persona a quien McCarthy esperaba en el estanque de Boscombe era alguien que había estado en Australia.

-¿Y qué me dice de la rata?

Sherlock Holmes extrajo de su bolsillo un papel doblado y lo extendió en la mesa.

-Éste es un mapa de la colonia de Victoria, en Australia. Anoche lo mandé pedir a Bristol -extendió su mano sobre parte del mapa-. ¿Qué lee usted aquí?

-ARRATA -leí.

-¿Y ahora? -levantó la mano.

-BALARRATA.

-Exactamente. Esa era la palabra que quería decir el señor McCarthy y de la cual su hijo sólo escuchó las dos últimas sílabas. Estaba tratando de decir el nombre de su asesino: Fulano de Tal, de Balarrata.

-¡Es maravilloso! -exclamé.

-Es simplemente obvio. Y ahora, como ve usted, he estrechado considerablemente nuestro campo de acción. La posesión de una prenda de vestir de color gris fue un tercer punto que, de ser verídica la declaración del hijo, podía considerarse como una certidumbre. Ahora hemos salido de lo impreciso a lo definido. Tenemos un australiano de Balarrata, con un capote gris.

-Así es.

-Y un individuo perfectamente familiarizado con el distrito, pues sólo se puede llegar al estanque a través de la granja de McCarthy o de la propiedad del señor Turner, en donde habría sido muy difícil que anduviera un desconocido.

-Es verdad.

-Ahora llegamos a nuestra expedición de hoy. Examinando el terreno obtuve esos detalles que le di a ese imbécil de Lestrade, referentes a la personalidad del criminal.

-¿Cómo los obtuvo?

-Ya conoce mis métodos. Se fundan en la observación de las trivialidades aparentes.

-Ya sé que su altura la puede calcular por el largo de sus pisadas. También las botas pudieron ser definidas por las huellas que dejaron; pero, dígame usted, ¿cómo le hizo para saber que cojeaba?

-La impresión de su pie derecho era siempre menos clara que la de su izquierdo. Apoyaba menos el peso sobre ese pie. ¿Por qué? Porque cojeaba.

-¿Y cómo supo que era zurdo?

-Usted mismo se extrañó de la naturaleza de las lesiones, según fueron explicadas por el cirujano durante la investigación. El golpe fue asestado por atrás y, sin embargo, cayó sobre el lado izquierdo de la cabeza de la víctima. ¿Cómo pudo ser eso, a menos que hubiera sido asestado por un zurdo? Había estado de pie detrás del árbol durante la entrevista entre el padre y el hijo. Hasta estuvo fumando allí. Encontré la ceniza de un cigarro, y mis conocimientos especiales sobre las cenizas del tabaco me permitieron decidir que se trataba de un cigarro de la India. Como usted sabe, he dedicado mi atención a este asunto y he escrito una pequeña monografía sobre las cenizas de ciento cuarenta variedades de tabaco de cigarrillo, habano y pipa. Después de encontrar la ceniza, miré a mi alrededor y descubrí la colilla entre el musgo donde había sido arrojada. Era un cigarro indio, de la variedad que se manufactura en Rotterdam.

-¿Y la boquilla?

-Noté que el extremo del cigarro no mostraba señales de haber estado en su boca. Por lo tanto, usó una boquilla. La punta había sido cortada, no mordida, pero el corte estaba mal hecho, por lo que deduje que habían usado un cortaplumas de poco filo.

-Holmes, ha tendido usted una fina red alrededor de este hombre, de la cual no puede escapar. Y ha salvado a un inocente tan realmente como si hubiera cortado la cuerda que lo estaba ahorcando. Ya veo la dirección hacia la cual señalan todos estos puntos. El culpable es...

-El señor John Turner -gritó el mozo del hotel, abriendo la puerta de nuestra sala para anunciar al visitante.

El hombre que entró era una figura extraña e impresionante. Caminaba rengueando. Sus pasos irregulares y sus hombros caídos le daban apariencia de decrepitud; sin embargo, sus facciones duras, cruzadas por profundas y numerosas arrugas, y sus miembros enormes mostraban que poseían una extraordinaria fortaleza física y de carácter. Su espesa barba, su cabello gris y sus prominentes y enmarañadas cejas daban a su apariencia un aire de dignidad y de poder, pero su rostro tenía una palidez ceniza, mientras sus labios y las aletas de su nariz mostraban un tinte azuloso. Me bastó una sola mirada para darme cuenta de que se encontraba en las garras de una enfermedad crónica y mortal.

-Le suplico que se siente en el sofá -invitó Holmes gentilmente-. ¿Recibió usted mi nota?

-Sí, el encargado de las casitas del bosque me la trajo. Decía usted en ella que me quería ver aquí, para evitar todo escándalo.

-Pensé que la gente hablaría si iba a buscarlo a su casa.

-¿Y para qué desea verme? -miró a mi compañero con la desilusión pintada en sus ojos cansados, como si su pregunta estuviera ya contestada.

-Sí -afirmó Holmes contestando a la mirada más que a las palabras-. Así es. Sé todo lo que pasó entre usted y McCarthy.

El anciano ocultó el rostro entre las manos, y gimió:

-¡Que Dios me perdone! Pero les aseguro que no hubiera dejado que el joven pagara por mi culpa. Les doy mi palabra de que habría hablado si la corte lo declaraba culpable.

-Me alegra oírle decir eso -aseguró Holmes con gravedad.

-Habría hablado desde ahora, si no hubiera sido por mi querida niña. Le destrozará el corazón saber que he sido arrestado.

-Quizá no tengamos necesidad de llegar a eso -dijo Holmes.

-¡Qué!

-Yo no soy agente oficial. Tengo entendido que fue su propia hija quien solicitó mi presencia aquí y estoy actuando en su nombre... Pero el joven McCarthy debe ser liberado.

-Soy un hombre que agoniza. Hace años que sufro de diabetes. Mi doctor dice que es muy difícil que viva un mes más. Sin embargo, preferiría mejor morir bajo mi propio techo que en la cárcel.

Holmes se levantó y se sentó a la mesa, con la pluma en la mano y varias hojas de papel frente a él.

-Cuéntenos la verdad -propuso-. Yo anotaré lo que nos diga. Lo firmará a modo de confesión, y Watson nos puede servir de testigo. Puedo presentar su confesión, sólo como último recurso para salvar al joven McCarthy. Le prometo que no la usaré a menos que sea absolutamente necesario.

-Está bien. Es muy difícil que sobreviva hasta el final del juicio, así es que me importa muy poco que sepa la verdad, por mí. Pero preferiría ahorrarle a Alice esta impresión. Y ahora les aclararé todo. Es una larga historia, pero la acortaré.

"Ustedes no conocieron a este hombre: McCarthy. Era la personificación del demonio. Esa es la verdad. Dios los libre de estar en las garras de un hombre como él. Sus tenazas han estado sobre mí durante veinte años, durante los cuales hizo de mi vida un infierno. Les contaré cómo fue que llegue a estar en su poder.

"Hace unos treinta años trabajaba yo en las minas. Entonces era un hombre joven, ardiente y desenfrenado, dispuesto a hacer cualquier cosa que produjera dinero. Tuve malas compañías, me dio por beber y, como mi trabajo no me producía el dinero que yo ambicionaba, me di a la mala vida. En una palabra, me convertí en lo que ustedes llamarían aquí un salteador de caminos. Formamos un pandilla de seis y llevamos una vida libre y salvaje, asaltando las diligencias de vez en cuando o deteniendo los vagones del ferrocarril que iba a las minas. Me conocían como Black Jack, de Balarrata, y nuestro grupo aún es recordado en la colonia como la pandilla de Balarrata.

"Un día, un convoy cargado de oro salió de Balarrata en dirección a Melbourne. Lo esperamos y lo atacamos. Lo venían custodiando seis soldados y nosotros éramos también seis, así que la lucha fue limpia, sin ventaja. Nosotros matamos a cuatro de ellos y ellos a tres de nosotros. Yo dirigí mi pistola a la cabeza del conductor del vagón, que era este individuo McCarthy. No saben cuánto me arrepiento ahora de no haberlo matado. Le perdoné la vida, aunque vi sus ojos perversos fijos en mi rostro como si quisiera recordar cada una de mis facciones. Escapamos con el oro, nos convertimos en hombres ricos y logramos venir a Inglaterra sin que se sospechara de nosotros. Aquí me separé de mis viejos amigos y decidí sentar cabeza y llevar una vida tranquila y respetable. Compré esta enorme propiedad y me dediqué a hacer todo el bien posible con mi dinero, como compensación a la forma en que lo había obtenido. Me casé y aunque mi esposa murió joven, me dejó a mi adorada Alice. Aunque era sólo una nena, su mano pequeñita pareció conducirme por el buen camino como ninguna otra cosa había logrado hacerlo. En una palabra, inicié una nueva vida y traté en lo posible de compensar mis errores pasados. Todo fue bien hasta que McCarthy cerró sus garras en torno mío.

"Había ido a la ciudad a realizar una inversión, cuando lo encontré en Regent Street, prácticamente desnudo y descalzo.

"-Aquí estamos, Black Jack -me dijo tocándome el brazo-. Seremos tu familia de ahora en adelante. Somos dos, mi hijo y yo, y puedes encargarte de nosotros. Si no lo haces... yo me encargaré de que todo el peso de la ley caiga sobre ti. En Inglaterra hay siempre un policía al alcance de la mano.

"Bueno, me siguieron hasta aquí, pues no había modo de que yo me librara de ellos, y McCarthy me exigió las mejores tierras, que tuve que concederle sin cobrarle nada. No hubo para mí paz, ni descanso, ni olvido; hacia donde quiera que volviera los ojos, tenía su rostro astuto y sonriente frente a mí. Las cosas empeoraron cuando Alice creció, pues McCarthy se dio cuenta de que yo temía más que llegase ella a saber mi pasado a que lo supiera la policía. Todo lo que me pidió tuve que dárselo sin vacilar... tierra, dinero, casas... hasta que por último me pidió algo que no podía concederle. Me pidió a mi hija.

"Su hijo, como han visto, había crecido, al igual que mi hija. Todos sabían que mi salud era delicada y a McCarthy le pareció una buena idea que su hijo se convirtiera en dueño y señor de todas mis propiedades. Pero en ese punto me mostré inexorable. No podía permitir que su sangre maldita se mezclara con la mía. No era que el muchacho me disgustara, pero la sangre de McCarthy corría por sus venas y eso era suficiente para mí. Me mostré firme. McCarthy me amenazó. Le dije que hiciera lo que quisiera. Debíamos encontrarnos en el estanque, a la mitad del camino entre nuestras casas, para discutir por última vez la cuestión.

"Cuando llegué lo encontré hablando con su hijo, así es que me puse a fumar y esperé detrás de un árbol hasta que estuviera solo. Pero a medida que lo oía hablar me iba invadiendo una cólera sorda y negra, que no podía controlar. Urgía a su hijo a casarse con mi niña, con tan poca consideración respecto a lo que ella pensara, cual si se tratara de una mujerzuela. Eso me enloqueció y no pude soportar la idea de que lo que más quería en el mundo estuviera en poder de un hombre así. ¿Cómo podía romper las cadenas que me unían a él? Yo era un hombre moribundo, invadido de la más terrible desesperación. Aunque mi mente está clara y mi cuerpo fuerte, sé muy bien que mi destino ha sido marcado ya. Pero podía salvar a mi hija y a mi honra si callaba para siempre aquella lengua viperina. Y lo hice, señor Holmes. Y lo haría otra vez. Por mucho que haya pecado, la vida de martirio que me hizo llevar este hombre ha sido un castigo más que justo. Pero el que mi hija fuera arrastrada a la desventura por mi culpa era más de lo que podía soportar. Lo golpeé sin más compasión de la que hubiera sentido al pisar un animal venenoso. Su grito atrajo a su hijo. Sin embargo, yo había llegado ya al refugio del bosque, aunque me vi obligado a volver para recobrar el capote que se me había caído en la fuga. Esa es la historia verdadera, caballeros, de todo lo que ocurrió."

-Bueno, no me toca a mí juzgarlo -explicó Holmes cuando el viejo firmó la confesión de su crimen-. Espero que nunca nos veamos expuestos a una situación como la de usted.

-Yo también lo espero así, señor. ¿Y qué intenta hacer conmigo?

-En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá que responder por sus acciones ante un juez más alto que todas nuestras cortes. Conservaré su confesión, y si McCarthy es condenado, me veré obligado a usarla. Si no es así, no permitiré que nadie la vea jamás. Su secreto, sea que esté usted vivo o muerto, quedará entre nosotros.

-Adiós, pues -dijo el anciano con la mayor solemnidad-. Su lecho de muerte, cuando les llegue la hora, será más amable ante el pensamiento de la paz que han dado al mío.

Arrastrando lentamente su gigantesca figura, salió de la habitación.

-¡Que Dios nos ampare! -exclamó Holmes después de un prolongado silencio-. ¿Por qué el destino juega estas malas pasadas a esos pobres diablos indefensos?

Cuando me entero de un caso como éste, no puedo evitar el pensar en las palabras de Baxter, y decir: "Allí, nada más por la gracia de Dios, va Sherlock Holmes".

James McCarthy fue declarado inocente en el juicio definitivo, gracias a la cantidad de objeciones presentadas por Holmes, en su defensa. El viejo Turner vivió siete meses más después de nuestra entrevista, pero ahora ha muerto. Y hay todas las probabilidades del mundo de que su hija y el hijo de su víctima vivan juntos y felices el resto de su existencia, ignorantes de la nube negra que cubre su pasado.




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